domingo 8 de enero de 2012
miércoles 13 de abril de 2011
jueves 27 de enero de 2011
Cadenitas (experimento)
I
Hablemos de la superficialidad de los días
de las esquinas del tiempo
de los recodos de la existencia.
Hablemos de lo insignificante
de la continua incontinencia del reloj
del mismo perro meando en distintos portales.
Hablemos incluso sin hablar
sanemos acaso las heridas a distancia
amemos aún cuando no queramos amar.
II
Hablemos del que vive en la superficie del habla
del que da esquinazos al tiempo
del que recorre los recodos sin existir.
Hablemos del que habla de lo insignificante
del que se resbala en las agujas del reloj
del que mea siempre en los mismos portales.
Hablemos del que del habla hace un silencio
del que se cura las cicatrices
del que se ama sólo a sí mismo.
III
Hablemos del que flota en la superficie
del que se refugia a tiempo en las esquinas
del que existe recorriendo los recodos.
Hablemos del que de la insignificancia hace un mundo
del que duerme mecido en las agujas de un reloj
del que limpia las meadas de los perros.
Hablemos del que calla hablándole al silencio
del que de la cicatriz hace un ungüento
del que ama por definición.
IV
Hablemos de la superficialidad de los días
hablemos del que vive en la superficie del habla
hablemos del que flota en la superficie.
Hablemos de lo insignificante
del que habla de lo insignificante
del que de la insignificancia hace un mundo.
Hablemos incluso sin hablar
del que del habla hace un silencio
del que calla hablándole al silencio.
V
Hablemos por tanto
hablemos entonces
o callemos para siempre.
Hablemos de la superficialidad de los días
de las esquinas del tiempo
de los recodos de la existencia.
Hablemos de lo insignificante
de la continua incontinencia del reloj
del mismo perro meando en distintos portales.
Hablemos incluso sin hablar
sanemos acaso las heridas a distancia
amemos aún cuando no queramos amar.
II
Hablemos del que vive en la superficie del habla
del que da esquinazos al tiempo
del que recorre los recodos sin existir.
Hablemos del que habla de lo insignificante
del que se resbala en las agujas del reloj
del que mea siempre en los mismos portales.
Hablemos del que del habla hace un silencio
del que se cura las cicatrices
del que se ama sólo a sí mismo.
III
Hablemos del que flota en la superficie
del que se refugia a tiempo en las esquinas
del que existe recorriendo los recodos.
Hablemos del que de la insignificancia hace un mundo
del que duerme mecido en las agujas de un reloj
del que limpia las meadas de los perros.
Hablemos del que calla hablándole al silencio
del que de la cicatriz hace un ungüento
del que ama por definición.
IV
Hablemos de la superficialidad de los días
hablemos del que vive en la superficie del habla
hablemos del que flota en la superficie.
Hablemos de lo insignificante
del que habla de lo insignificante
del que de la insignificancia hace un mundo.
Hablemos incluso sin hablar
del que del habla hace un silencio
del que calla hablándole al silencio.
V
Hablemos por tanto
hablemos entonces
o callemos para siempre.
lunes 10 de enero de 2011
viernes 19 de junio de 2009
Nueva Tienda: Rayuela La Laguna

Rayuela
· Ropa diferente (chica-chico, mujer-hombre).
· Complementos (zapatos, bolsos, fulares, cintos...).
· Bisutería (collares, zarcillos, pulseras, brazaletes, tobilleras, anillos...).
· Regalos (velas artesanales, inciensos, decoración...).
· Intercambio de libros (traes uno y te llevas otro...).
Avda. Trinidad, 18. (Esquina C/ El juego). La Laguna, Tenerife.
Tlf: 922-24-34-38.
· Ropa diferente (chica-chico, mujer-hombre).
· Complementos (zapatos, bolsos, fulares, cintos...).
· Bisutería (collares, zarcillos, pulseras, brazaletes, tobilleras, anillos...).
· Regalos (velas artesanales, inciensos, decoración...).
· Intercambio de libros (traes uno y te llevas otro...).
Avda. Trinidad, 18. (Esquina C/ El juego). La Laguna, Tenerife.
Tlf: 922-24-34-38.
jueves 7 de agosto de 2008
En los tiempos que corren
Un grito lejano ordena la claudicación de mi fuero interno...
Primero debo de vaciarme, anular una a una cada célula de mi organismo, cada partícula por ínfima e irrisoria que parezca. Fuera las venas, sangre derramada a chorros por mi voluntad, que ahora es ajena. Parada cardiaca, cesos que cesan, piel que desgarra la piel, vísceras que regalo a los buitres contenta, huesos que entierra un perro en un parque agreste. Vacía, estoy vacía y carezco de información, de datos, de pensamientos, de dolores, de hambre, de sed, de placer.
Estoy vacía y no desparezco, no me diluyo, no llego a tocar con mis dedos la inexistencia, mi propia inexistencia, pues mis dedos ya no son dedos, ni huesos, ni son finos, ni largos, ni tangibles. Ya no existo y existo aún con más fuerza. Es un resurgir de de flores de otoño que en tus manos se vuelven música de primavera, alegros de Vivaldi en un espacio claro u oscuro. Eres una bóveda que paraliza el tiempo para que yo no tenga que pagar tributo por ello.
Me regalas la vida en los tiempos que corren y yo sólo puedo pagarte con mi efímero renacimiento.
Primero debo de vaciarme, anular una a una cada célula de mi organismo, cada partícula por ínfima e irrisoria que parezca. Fuera las venas, sangre derramada a chorros por mi voluntad, que ahora es ajena. Parada cardiaca, cesos que cesan, piel que desgarra la piel, vísceras que regalo a los buitres contenta, huesos que entierra un perro en un parque agreste. Vacía, estoy vacía y carezco de información, de datos, de pensamientos, de dolores, de hambre, de sed, de placer.
Estoy vacía y no desparezco, no me diluyo, no llego a tocar con mis dedos la inexistencia, mi propia inexistencia, pues mis dedos ya no son dedos, ni huesos, ni son finos, ni largos, ni tangibles. Ya no existo y existo aún con más fuerza. Es un resurgir de de flores de otoño que en tus manos se vuelven música de primavera, alegros de Vivaldi en un espacio claro u oscuro. Eres una bóveda que paraliza el tiempo para que yo no tenga que pagar tributo por ello.
Me regalas la vida en los tiempos que corren y yo sólo puedo pagarte con mi efímero renacimiento.
martes 15 de abril de 2008
Con permiso de Julio Cortázar...


Rayuela
Acaba de ser inaugurada la tienda de Velas y artículos artesanales: Rayuela, en la Zona Centro de S/C de Tenerife (C/ Viera y Clavijo, nº 14, a la altura de la C/ San Clemente).
Acaba de ser inaugurada la tienda de Velas y artículos artesanales: Rayuela, en la Zona Centro de S/C de Tenerife (C/ Viera y Clavijo, nº 14, a la altura de la C/ San Clemente).
La inspiración de esta tienda surgió a raíz de un viaje que realizaron sus impulsores, Quique e Idaira, por varios países de Europa, en donde por primera vez contemplaron unas velas decorativas, muy llamativas por sus formas y colores, que además eran teñidas y cortadas a mano ante el público.
Este proceso se puede observar ahora en directo, en esta innovadora tienda-taller de S/C, que además ofrece el servicio de velas personalizadas para todo tipo de ceremonias, así como recordatorios para bodas, comuniones, bautizos, etc.
Complementan además esta acogedora tienda otros productos tales como cerámica canaria, regalos, decoración para el hogar, bisutería o textil.
Estaremos encantados de atenderte en el siguiente HORARIO:
De lunes a viernes: 10:00 – 14:30 / 16:30- 20:30 h.
Sábados por la tarde y domingos cerrado.
De lunes a viernes: 10:00 – 14:30 / 16:30- 20:30 h.
Sábados por la tarde y domingos cerrado.
Tlf.: 922 24 34 38
E-mail: velasrayuela@hotmail.es
PLANO DE SITUACIÓN: http://callejero.paginasamarillas.es/flash/mapa.asp?ciudad=TENERIFE&x=5002&y=1363&l1=38004,
sábado 23 de febrero de 2008
martes 15 de enero de 2008
Canción con letra concreta pero con música imaginaria
Pero el orgullo los volvió asépticos de golpe…
Pero el desamor iluminó de pronto a los estertores…
Pensaron que era tan sencillo
como saber gritarle al dolor,
que ya perdió su acepción
en el diccionario de la resignación.
No se percataron de que la vacuna del amor
cuando se compra en un mercado sin olor,
si bien no pasa factura a diario
si que sabe de efectos secundarios.
Pero el orgullo los volvió asépticos de nuevo…
Pero el desamor iluminó de pronto a los ciegos…
Creyeron que al buscar
en el baúl de los recuerdos,
encontrarían los disfraces del consuelo
y el antifaz de la verdad en duelo.
No se dieron cuenta de que para jugar
a ser Santo Romeo y Santa Julieta,
era necesario decapitar al caballero
y regalarle a ella un ramito de violetas.
Pero el orgullo los volvió asépticos otra vez…
Pero el desamor iluminó de pronto la partida de ajedrez…
Pero el desamor iluminó de pronto a los estertores…
Pensaron que era tan sencillo
como saber gritarle al dolor,
que ya perdió su acepción
en el diccionario de la resignación.
No se percataron de que la vacuna del amor
cuando se compra en un mercado sin olor,
si bien no pasa factura a diario
si que sabe de efectos secundarios.
Pero el orgullo los volvió asépticos de nuevo…
Pero el desamor iluminó de pronto a los ciegos…
Creyeron que al buscar
en el baúl de los recuerdos,
encontrarían los disfraces del consuelo
y el antifaz de la verdad en duelo.
No se dieron cuenta de que para jugar
a ser Santo Romeo y Santa Julieta,
era necesario decapitar al caballero
y regalarle a ella un ramito de violetas.
Pero el orgullo los volvió asépticos otra vez…
Pero el desamor iluminó de pronto la partida de ajedrez…
martes 18 de diciembre de 2007
GATA EXTRAVIADA - S/C TFE.
SE HA EXTRAVIADO UNA GATITA QUE ESTABA BAJO EL CUIDADO DE UNA PROTECTORA DE S/C DE TENERIFE. RECIÉN OPERADA, Y ACOSTUMBRADA A SER ALIMENTADA EN UN PUEBLO, NO SABRÁ BUSCARSE LA VIDA EN LA CIUDAD. CUANDO SE ESCAPÓ LA VIMOS POR ÚLTIMA VEZ EN LA C/ ROBAYNA (S/C), FRENTE A LA COMISARÍA DE POLICÍA NACIONAL (D.N.I.).
NO HAY FOTOS, PERO ES ADULTA, MENUDA, GRIS Y BLANCA, PELO CORTO Y CON UN SIGNO DISTINTIVO DE NACIMIENTO: SÓLO TIENE MEDIO RABO. ES DÓCIL, PERO ESTARÁ ALGO ASUSTADA.
POR FAVOR SI ALGUIEN LA VE O SABE ALGO DE ELLA, RUEGO QUE SE PONGA EN CONTACTO CONMIGO POR MEDIO DEL BLOG O EN LA SIGUIENTE DIRECCIÓN DE CORREO: adhira.mira@gmail.com.
ES URGENTE PUES NECESITA ANTIBIÓTICOS POST-OPERATORIO.
GRACIAS
NO HAY FOTOS, PERO ES ADULTA, MENUDA, GRIS Y BLANCA, PELO CORTO Y CON UN SIGNO DISTINTIVO DE NACIMIENTO: SÓLO TIENE MEDIO RABO. ES DÓCIL, PERO ESTARÁ ALGO ASUSTADA.
POR FAVOR SI ALGUIEN LA VE O SABE ALGO DE ELLA, RUEGO QUE SE PONGA EN CONTACTO CONMIGO POR MEDIO DEL BLOG O EN LA SIGUIENTE DIRECCIÓN DE CORREO: adhira.mira@gmail.com.
ES URGENTE PUES NECESITA ANTIBIÓTICOS POST-OPERATORIO.
GRACIAS
domingo 16 de diciembre de 2007
VIVENCIAS DE NOCHEBUENA
(Por Laszlo)
Eran las seis de tarde del veinticuatro de diciembre, y leía por enésima vez un pasaje del Nuevo Testamento, buscando adecuar mis acciones a sus mandatos, pero en ese momento mi madre me llamó para que fuera a comprar cuatrocientos gramos de jamón serrano, por si se acababa el que ya tenía preparado para la cena. Me levanté de la cama contrariado, pensé: Qué coñazo es la familia; pero como era Navidad no dije nada, y fui. Al cabo de un buen rato volví, estaba la tienda atiborrada de gente, desesperada por vaciar los refrigeradores. Por un momento pensé lo bella que era la vida, dado que sí tantas personas gastaban tanto dinero en comida, sólo podía ser para quienes no tenían, ya que era casi imposible que sus estómagos digirieran el triple de lo que comúnmente consumen. O tal vez podía ser que viniera un barco de inmigrantes, e iban a recibirlos, pues era Navidad, al puerto de Los Cristianos: Era un enigma para mí el destino de toda esa comida. Cuando regresé a mi casa, miré el móvil, y tenía quince mensajes y cuatro llamadas perdidas. Los dígitos me sonaban de algo, pero como no tenía grabado los nombres, imaginé que eran equivocaciones…en estos días. Los mensajes, en cambio, eran de antiguos conocidos que gracias a mi holgazanería en borrar determinados números, pues pude reconocerlos. Casi todos empezaban como te deseo…Espero qué…incluso algunos eran iguales: ¡Joder cuánta coincidencia! Total, que entre mis cavilaciones al respecto de esos números ignotos, como respondiendo a esos antiguos amigos, pues era Navidad, se hizo de noche, y mi madre me llamaba para comer. Cuánta felicidad en ese momento, estaba toda la familia reunida, incluso tíos, primos, y cuñados, que un mes antes habían tenido un juicio por una parcela rústica de tres metros cuadrados. “Las cosas de las herencias son así”, imaginé rápidamente, para que todo me encajara en la Navidad. La mesa era una parafernalia de platos exóticos por inéditos, que se apelmazaban borde con borde, y yo buscando un huequito donde poner el cenicero. Había bacalao en salsa, conejo en salmorejo, sopa de pollo, aguacates rellenos con gambas untadas en salsa rosa, gambones a la plancha, jamón en lonchas, etc., y no se me ocurrió otra cosa que pedirle a mi madre una lata de atún, como de costumbre, para dejar comida a los que debían venir, pero ella me dijo que ya estábamos todos, entonces no entendí porque habían tantos alimentos desparramados por el mantel. Se me ocurrió la idea de mirar en la nevera, la botella de agua que mi padre se bebía todas las noches antes de cenar, para aplacar su hambre: Estaba llena; entonces miré dónde estaba, y tenía un vaso de vino repleto hasta los topes, que degustaba entre bocado y bocado. El bullicio en la casa era infernal: Teléfonos sonando a cada minuto; personas que se levantaban del festín para contestar; El Rey sin la barba de Rajoy, por televisión recordando lo sublime que es ser español; Un primo mío, haciendo el gracioso, contando chistes absurdos, que quienes no tenían un celular en la mano sonreían cuando advertían que había acabado; Mi madre preguntando a todo el mundo si la comida estaba buena; Mi hermana, gran cocinera, curándose en salud con lo que había guisado, y yo recordando cuando fue la última vez que nos dijo que algo sí que le salió bien; Mi otra hermana, preparándose en el cuarto de baño para salir a la discoteca, con un secador que parecía un avión aterrizando…No pude más, y le pedí una pequeña tregua a la Navidad, me fui al balcón a fumar un cigarro, pero qué sorpresa, estaba mi tío, el padre del primo gracioso, tirando petardos por la ventana con su otro hijo. “¡Papá, papá, tírale el cohete a esos que van con el carrito de la compra, y la manta por encima!” _Dijo el pequeño Jesús. A lo que contestó, des-paternalizado por la Navidad: “Hijo, esas personas son mendigos, bastante tienen con lo que no tienen”_Ofuscado volví a la mesa, estaba discutiendo con lo qué deberían o no regalarse en Reyes, en analogías monetarias. Mi hermana no paraba de preguntar si le combinaba la blusa con la falda, y las botas,era como una actriz de teatro, entre los bastidores y el escenario. Y para colmo, la perra de mi tía, que había entrado a mi cuarto, mientras festejábamos un día tan sagrado, comenzó a retorcerse por el pasillo, vomitando una especie de espuma por la boca. ¡No podía ser!, se había comido mi libro, y regurgitaba sus páginas deshechas ya. No lo pude soportar más, quise ignorar la Navidad. Me fui a sala, a ver las noticias, para olvidar toda esta incongruencia, y cuando encendí el televisor…estaba Belén Esteban subida a una cruz, en una reposición de la gala de Rafael Amargo…
Eran las seis de tarde del veinticuatro de diciembre, y leía por enésima vez un pasaje del Nuevo Testamento, buscando adecuar mis acciones a sus mandatos, pero en ese momento mi madre me llamó para que fuera a comprar cuatrocientos gramos de jamón serrano, por si se acababa el que ya tenía preparado para la cena. Me levanté de la cama contrariado, pensé: Qué coñazo es la familia; pero como era Navidad no dije nada, y fui. Al cabo de un buen rato volví, estaba la tienda atiborrada de gente, desesperada por vaciar los refrigeradores. Por un momento pensé lo bella que era la vida, dado que sí tantas personas gastaban tanto dinero en comida, sólo podía ser para quienes no tenían, ya que era casi imposible que sus estómagos digirieran el triple de lo que comúnmente consumen. O tal vez podía ser que viniera un barco de inmigrantes, e iban a recibirlos, pues era Navidad, al puerto de Los Cristianos: Era un enigma para mí el destino de toda esa comida. Cuando regresé a mi casa, miré el móvil, y tenía quince mensajes y cuatro llamadas perdidas. Los dígitos me sonaban de algo, pero como no tenía grabado los nombres, imaginé que eran equivocaciones…en estos días. Los mensajes, en cambio, eran de antiguos conocidos que gracias a mi holgazanería en borrar determinados números, pues pude reconocerlos. Casi todos empezaban como te deseo…Espero qué…incluso algunos eran iguales: ¡Joder cuánta coincidencia! Total, que entre mis cavilaciones al respecto de esos números ignotos, como respondiendo a esos antiguos amigos, pues era Navidad, se hizo de noche, y mi madre me llamaba para comer. Cuánta felicidad en ese momento, estaba toda la familia reunida, incluso tíos, primos, y cuñados, que un mes antes habían tenido un juicio por una parcela rústica de tres metros cuadrados. “Las cosas de las herencias son así”, imaginé rápidamente, para que todo me encajara en la Navidad. La mesa era una parafernalia de platos exóticos por inéditos, que se apelmazaban borde con borde, y yo buscando un huequito donde poner el cenicero. Había bacalao en salsa, conejo en salmorejo, sopa de pollo, aguacates rellenos con gambas untadas en salsa rosa, gambones a la plancha, jamón en lonchas, etc., y no se me ocurrió otra cosa que pedirle a mi madre una lata de atún, como de costumbre, para dejar comida a los que debían venir, pero ella me dijo que ya estábamos todos, entonces no entendí porque habían tantos alimentos desparramados por el mantel. Se me ocurrió la idea de mirar en la nevera, la botella de agua que mi padre se bebía todas las noches antes de cenar, para aplacar su hambre: Estaba llena; entonces miré dónde estaba, y tenía un vaso de vino repleto hasta los topes, que degustaba entre bocado y bocado. El bullicio en la casa era infernal: Teléfonos sonando a cada minuto; personas que se levantaban del festín para contestar; El Rey sin la barba de Rajoy, por televisión recordando lo sublime que es ser español; Un primo mío, haciendo el gracioso, contando chistes absurdos, que quienes no tenían un celular en la mano sonreían cuando advertían que había acabado; Mi madre preguntando a todo el mundo si la comida estaba buena; Mi hermana, gran cocinera, curándose en salud con lo que había guisado, y yo recordando cuando fue la última vez que nos dijo que algo sí que le salió bien; Mi otra hermana, preparándose en el cuarto de baño para salir a la discoteca, con un secador que parecía un avión aterrizando…No pude más, y le pedí una pequeña tregua a la Navidad, me fui al balcón a fumar un cigarro, pero qué sorpresa, estaba mi tío, el padre del primo gracioso, tirando petardos por la ventana con su otro hijo. “¡Papá, papá, tírale el cohete a esos que van con el carrito de la compra, y la manta por encima!” _Dijo el pequeño Jesús. A lo que contestó, des-paternalizado por la Navidad: “Hijo, esas personas son mendigos, bastante tienen con lo que no tienen”_Ofuscado volví a la mesa, estaba discutiendo con lo qué deberían o no regalarse en Reyes, en analogías monetarias. Mi hermana no paraba de preguntar si le combinaba la blusa con la falda, y las botas,era como una actriz de teatro, entre los bastidores y el escenario. Y para colmo, la perra de mi tía, que había entrado a mi cuarto, mientras festejábamos un día tan sagrado, comenzó a retorcerse por el pasillo, vomitando una especie de espuma por la boca. ¡No podía ser!, se había comido mi libro, y regurgitaba sus páginas deshechas ya. No lo pude soportar más, quise ignorar la Navidad. Me fui a sala, a ver las noticias, para olvidar toda esta incongruencia, y cuando encendí el televisor…estaba Belén Esteban subida a una cruz, en una reposición de la gala de Rafael Amargo…
jueves 13 de diciembre de 2007
Muerte Sosegada
Una red entrelazada de pensamientos míticos ocupaba el caminar diario de Mario. Cada noche hacía un pacto con Hipnos antes de apagar la lamparita de luz. Este dios onírico tendría que luchar mente a mente todas las madrugadas con Tánatos, dios greco de la muerte sosegada. A cambio de resultar vencedor, Mario se entregaría cual esclavo a los brazos de nube del dios de los sueños griego, hasta que éste fuera empujado de la cama por un rayo de luz liberador al llegar el alba.
Mario ideaba a conciencia un escenario distinto para enfrentar a ambas deidades durante todo el día, y así disfrutar de un elaborado guión de la batalla inmortal de cada velada. Esa noche Hipnos estaría esperando a Tánatos en el pórtico del Partenón, sobre la gran acrópolis atheniense. La única arma de estos dos potentes dioses era la palabra, y el turno de debate sería decidido por la mismísima Atenea Parthenos, que aunque mujer criselefantina, seguía ejerciendo el papel de Gran Protectora de Atenas. A la llegada de Tánatos, ambos dioses se introdujeron desde el pórtico dórico y robusto, hasta la naos central, donde los aguardaba la representación pétrea de la diosa. Ésta miró con sus ojos de piedra a Hipnos y luego los cerró y los entreabrió tres veces seguidas. Ya podía dar comienzo la disputa dialéctica.
Hipnos, con voz grave pero amable, dijo así: Tánatos, háblame de los secretos de la vida después de la muerte, y si consigues hacerme ver tres motivos razonables por los que un mortal cualquiera, debería de tenderte la mano sin temor, ganarás la batalla de hoy.
Tánatos, severo y apacible como ningún otro dios griego, objetó: Después de la vida terrenal no hay ninguna otra vida. Por lo tanto, esos tres motivos que solicitas, sólo pueden ser explicados por la ausencia de los tres motivos mismos, ya que al estrecharle la mano a la muerte, no habrán más mortales, no habrán más dioses, y ni siquiera habrán más sueños.
Se produjo un silencio tan solemne, que sólo osó a desacralizar, por causas de física mayor, la diosa Atenea, pues se le desprendió a ésta de súbito su majestuosa cabeza de oro y marfíl, que cayó con gran estrépito sobre el suelo marmóreo del templo sagrado.
A la mañana siguiente no acudiría ningún fiel devoto a orar al Partenón, y tampoco acudiría ningún rayo de luz liberador a la cama de Mario al llegar el alba.
Mario ideaba a conciencia un escenario distinto para enfrentar a ambas deidades durante todo el día, y así disfrutar de un elaborado guión de la batalla inmortal de cada velada. Esa noche Hipnos estaría esperando a Tánatos en el pórtico del Partenón, sobre la gran acrópolis atheniense. La única arma de estos dos potentes dioses era la palabra, y el turno de debate sería decidido por la mismísima Atenea Parthenos, que aunque mujer criselefantina, seguía ejerciendo el papel de Gran Protectora de Atenas. A la llegada de Tánatos, ambos dioses se introdujeron desde el pórtico dórico y robusto, hasta la naos central, donde los aguardaba la representación pétrea de la diosa. Ésta miró con sus ojos de piedra a Hipnos y luego los cerró y los entreabrió tres veces seguidas. Ya podía dar comienzo la disputa dialéctica.
Hipnos, con voz grave pero amable, dijo así: Tánatos, háblame de los secretos de la vida después de la muerte, y si consigues hacerme ver tres motivos razonables por los que un mortal cualquiera, debería de tenderte la mano sin temor, ganarás la batalla de hoy.
Tánatos, severo y apacible como ningún otro dios griego, objetó: Después de la vida terrenal no hay ninguna otra vida. Por lo tanto, esos tres motivos que solicitas, sólo pueden ser explicados por la ausencia de los tres motivos mismos, ya que al estrecharle la mano a la muerte, no habrán más mortales, no habrán más dioses, y ni siquiera habrán más sueños.
Se produjo un silencio tan solemne, que sólo osó a desacralizar, por causas de física mayor, la diosa Atenea, pues se le desprendió a ésta de súbito su majestuosa cabeza de oro y marfíl, que cayó con gran estrépito sobre el suelo marmóreo del templo sagrado.
A la mañana siguiente no acudiría ningún fiel devoto a orar al Partenón, y tampoco acudiría ningún rayo de luz liberador a la cama de Mario al llegar el alba.
miércoles 5 de diciembre de 2007
FELIZ NAVIDAD
En Navidad se compran y regalan miles de animales como mascotas....
En Navidad se consumen cantidades inverosímiles de carne animal...
En Navidad se celebran muchos espectáculos en los que participan animales (camellos, bueyes, ovejas, burros, etc)....
En Navidad se compran miles de artículos de piel de muy diversos animales (bolsos, zapatos, chaquetas, carteras, etc)...
En Navidad se usan muchos cosméticos y productos de belleza testados en animales...

http://video.google.es/videoplay?docid=7576567901991519153
SUGERENCIA: Si no puedes soportar la dureza de las imágenes, al menos escucha la información con la ventana minimizada.
NOTA: Earthlings o habitantes de la tierra es un excelente documental que relaciona la naturaleza, los animales y la humanidad. Nos muestra la total dependencia que el hombre tiene de los animales (para su uso como mascotas, comida, entretenimiento, vestuario e investigaciones científicas) acentuando la total falta de respeto de algunos para con lo que ellos llaman "recursos naturales".
En una investigación que demoró 5 años, se grabó con cámaras ocultas la realidad de tiendas de mascotas, criaderos de animales, refugios, granjas industriales, mataderos, el comercio de pieles y cuero, deportes, entretenimientos e investigación científica. En la hora y media que dura el documental, nos muestran cuán lejos llega el maltrato que el hombre da a todo tipo de animales para satisfacer sus necesidades económicas.
El documental está narrado por Joaquin Phoenix y la música está hecha por Moby. Escrito y dirigido por Shaun Monson, en el año 2005 Earthlings fue premiado como el "Mejor Documental" en el Festival de Cine Artivist, "Mejor Contenido" en el Festival Internacional de Cine de Boston, "Mejor Documental" y "Premio Humanitario" para Joaquin Phoenix en el Festival de Cine de San Diego. Earthlings nos permite abrir los ojos a la realidad, instándonos a dejar de hacerse el tonto para ser capaces de asumir nuestra total responsabilidad en la situación cruel e injusta en que miles de millones de animales viven y mueren a diario en el mundo. Porque TODOS SOMOS RESPONSABLES.
En Navidad se consumen cantidades inverosímiles de carne animal...
En Navidad se celebran muchos espectáculos en los que participan animales (camellos, bueyes, ovejas, burros, etc)....
En Navidad se compran miles de artículos de piel de muy diversos animales (bolsos, zapatos, chaquetas, carteras, etc)...
En Navidad se usan muchos cosméticos y productos de belleza testados en animales...

http://video.google.es/videoplay?docid=7576567901991519153
SUGERENCIA: Si no puedes soportar la dureza de las imágenes, al menos escucha la información con la ventana minimizada.
NOTA: Earthlings o habitantes de la tierra es un excelente documental que relaciona la naturaleza, los animales y la humanidad. Nos muestra la total dependencia que el hombre tiene de los animales (para su uso como mascotas, comida, entretenimiento, vestuario e investigaciones científicas) acentuando la total falta de respeto de algunos para con lo que ellos llaman "recursos naturales".
En una investigación que demoró 5 años, se grabó con cámaras ocultas la realidad de tiendas de mascotas, criaderos de animales, refugios, granjas industriales, mataderos, el comercio de pieles y cuero, deportes, entretenimientos e investigación científica. En la hora y media que dura el documental, nos muestran cuán lejos llega el maltrato que el hombre da a todo tipo de animales para satisfacer sus necesidades económicas.
El documental está narrado por Joaquin Phoenix y la música está hecha por Moby. Escrito y dirigido por Shaun Monson, en el año 2005 Earthlings fue premiado como el "Mejor Documental" en el Festival de Cine Artivist, "Mejor Contenido" en el Festival Internacional de Cine de Boston, "Mejor Documental" y "Premio Humanitario" para Joaquin Phoenix en el Festival de Cine de San Diego. Earthlings nos permite abrir los ojos a la realidad, instándonos a dejar de hacerse el tonto para ser capaces de asumir nuestra total responsabilidad en la situación cruel e injusta en que miles de millones de animales viven y mueren a diario en el mundo. Porque TODOS SOMOS RESPONSABLES.
martes 27 de noviembre de 2007
domingo 25 de noviembre de 2007
Asilo
Y allí están esas manos escritas,
por el reciente engaño del recuerdo...
de un pasado que no deja espacio para la decrepitud.
Y allí están esos pies esclavos,
con cadenas tan invisibles...
como el aliento de un cuervo negro al final de cada cosecha.
Y allí están esas almas muertas,
en un jardín de sillas tan desvencijadas...
como el de los propios cuerpos que las ocupan.
Y allí están los que ya no están,
o los que sólo existen ya...
en anodinas tardes de domingo o en días de funeral.
por el reciente engaño del recuerdo...
de un pasado que no deja espacio para la decrepitud.
Y allí están esos pies esclavos,
con cadenas tan invisibles...
como el aliento de un cuervo negro al final de cada cosecha.
Y allí están esas almas muertas,
en un jardín de sillas tan desvencijadas...
como el de los propios cuerpos que las ocupan.
Y allí están los que ya no están,
o los que sólo existen ya...
en anodinas tardes de domingo o en días de funeral.
viernes 23 de noviembre de 2007
sábado 17 de noviembre de 2007
Emoción de un Inerte
Sostengo la hoja de papel entre mis manos, la miro, la vuelvo del revés y del derecho una y otra vez. Necesito que se emocione, así que desnudo mi cuerpo nervioso y me meto con ella en la cama. Es blanca y suave, no puedo reprimir el querer sentirla sobre mi piel cansada. La paseo entre mis muslos tibios, la toco con la punta de mi lengua rosada y frunzo tímidamente el ceño, mis labios húmedos la atan por un instante a mí, sabe a vino seco y a nube de otoño. La poso sobre el colchón y mis pechos claros se posan en ella y siento como la hoja los acoge feliz, excitada por perder su tersura y planicie.
Es ahora la hoja, una sábana que no es santa, pero que existe más allá de mi recuerdo.
Es ahora la hoja, una sábana que no es santa, pero que existe más allá de mi recuerdo.
miércoles 7 de noviembre de 2007
Mejor desnudas que Asesinas
El reloj de cuco anunció alegre y puntual la hora del té. Eran las cinco de la tarde de un día festivo, y la mansión se preparaba para recibir el desfile trimestral de varias señoras refinadas que olían a pachulí y algodón. La dueña de la casa estaba especialmente nerviosa ese domingo, pues tenía que competir con la suerte de pieles que tocaba lucir en la reunión de la estación otoñal. La mujer del alcalde había confirmado su asistencia después de no haberse presentado a la cita primaveral y tampoco a la estival, y se rumoreaba que andaba reuniendo dinero blanqueado por su marido para sorprender a las asistentes en la cita de más prestigio, pues las pieles eran el artículo más caro de toda la temporada.
Las invitadas fueron llegando con sus muertos a cuestas. Algunas iban acompañadas por un bello conejo al hombro con su cola peinada, otras con un manto compuesto por más de cien chinchillas, las más pudientes con una capa de armiño y las más humildes con estolas blancas de astracán o guantes de ardillas grises.
Adolfina podía estar tranquila, ninguna de las asistentes superaba su imponente abrigo de tres cuartos de piel de zorro, su sombrero de piel de foca recién nacida, y sus zapatos de cocodrilo. Pero no debía de cantar victoria todavía, pues aún no se había presenciado Josefina, la mujer del Alcalde.
Cuando el servicio anunció la llegada de Josefina, a Adolfina le recorrió por su cuerpo, seco y enjuto, un frío incapaz de controlar ni por un abrigo de oso polar.
Un fuerte murmullo recorrió la sala de té victoriana, la mujer del Alcalde entró en la sala ataviada únicamente por su rompa interior, un elegante conjunto de satén color perla y con las justas trasparencias para tal solemne ocasión.
Cuándo las unísonas exclamaciones cesaron, Adolfina inquirió: ¿Pero cómo te presentas de este guiso a nuestra reunión otoñal?. Se denotaba en su tono desafiante tanto la estupefacción como la satisfación anudada a la garganta por haber superado con creces a su temida rival.
Josefina explicó que prefería aclarar tal chocante situación con unos pequeños cuentos que la habían llevado a la determinación de asistir de este modo a la cita. Así que carraspeó y con un tono algo más alto y enfático de lo habitual, dijo así:
Había una vez una familia de conejos en su madriguera, vivían muy felices los padres y su descendencia, hasta que un funesto día mamá y papá no llegaron a casa y los ocho conejitos fueron debilitándose cada vez más hasta morir de tristeza, frío y hambre. Sus papás habían sido capturados para dar con su pequeño cuerpo alimento y calor a otros.
Las asistentes que llevaban piel de conejo, como invadidas por un potente conjuro, comenzaron a desnudarse impulsivamente y con los ojos llenos de lágrimas juraron no volver a utilizar dicha indumentaria.
Josefina prosiguió entonces:
Érase una vez un bello astracán que nació con una de sus patitas rotas, por lo que nada más llegar a este mundo, tuvo la desdicha de ser enviado, por los dueños de la granja donde le tocó nacer, a una fábrica peletera. Allí su muerte sería larga y dolorosa pero más rentable para sus amos. Lo electrificarían para que su blanca piel no sufriera desperfectos, pero con una carga tal que no quemara al corderito por dentro, por lo que tampoco moría en el acto, ¿pero de qué podría servir un animal de granja cojo?.
Todas las mujeres que vestían con piel de astracán sufrieron fuertes mareos y hasta leves desmayos, de los que sólo podían recuperarse arrancándose las pieles que las ataviaban, como si fuera el único remedio contra el influjo de un hechizo maldito.
Cuando Josefina se disponía a proseguir, Adolfina gritó: ¡Basta! a mí no me conmueves con tus estúpidos cuentos, pero por lo que puedo observar sí que aturdes las mentes de mis débiles invitadas. ¡Así que largo de mi casa!.
Josefina no opuso resistencia, pero mirándola fijamente a los ojos le dijo:
Adolfina, antes de marcharme, también tengo un pequeño cuento para ti:
“Nunca desvistas a una zorra para vestir a otra”.
Las invitadas fueron llegando con sus muertos a cuestas. Algunas iban acompañadas por un bello conejo al hombro con su cola peinada, otras con un manto compuesto por más de cien chinchillas, las más pudientes con una capa de armiño y las más humildes con estolas blancas de astracán o guantes de ardillas grises.
Adolfina podía estar tranquila, ninguna de las asistentes superaba su imponente abrigo de tres cuartos de piel de zorro, su sombrero de piel de foca recién nacida, y sus zapatos de cocodrilo. Pero no debía de cantar victoria todavía, pues aún no se había presenciado Josefina, la mujer del Alcalde.
Cuando el servicio anunció la llegada de Josefina, a Adolfina le recorrió por su cuerpo, seco y enjuto, un frío incapaz de controlar ni por un abrigo de oso polar.
Un fuerte murmullo recorrió la sala de té victoriana, la mujer del Alcalde entró en la sala ataviada únicamente por su rompa interior, un elegante conjunto de satén color perla y con las justas trasparencias para tal solemne ocasión.
Cuándo las unísonas exclamaciones cesaron, Adolfina inquirió: ¿Pero cómo te presentas de este guiso a nuestra reunión otoñal?. Se denotaba en su tono desafiante tanto la estupefacción como la satisfación anudada a la garganta por haber superado con creces a su temida rival.
Josefina explicó que prefería aclarar tal chocante situación con unos pequeños cuentos que la habían llevado a la determinación de asistir de este modo a la cita. Así que carraspeó y con un tono algo más alto y enfático de lo habitual, dijo así:
Había una vez una familia de conejos en su madriguera, vivían muy felices los padres y su descendencia, hasta que un funesto día mamá y papá no llegaron a casa y los ocho conejitos fueron debilitándose cada vez más hasta morir de tristeza, frío y hambre. Sus papás habían sido capturados para dar con su pequeño cuerpo alimento y calor a otros.
Las asistentes que llevaban piel de conejo, como invadidas por un potente conjuro, comenzaron a desnudarse impulsivamente y con los ojos llenos de lágrimas juraron no volver a utilizar dicha indumentaria.
Josefina prosiguió entonces:
Érase una vez un bello astracán que nació con una de sus patitas rotas, por lo que nada más llegar a este mundo, tuvo la desdicha de ser enviado, por los dueños de la granja donde le tocó nacer, a una fábrica peletera. Allí su muerte sería larga y dolorosa pero más rentable para sus amos. Lo electrificarían para que su blanca piel no sufriera desperfectos, pero con una carga tal que no quemara al corderito por dentro, por lo que tampoco moría en el acto, ¿pero de qué podría servir un animal de granja cojo?.
Todas las mujeres que vestían con piel de astracán sufrieron fuertes mareos y hasta leves desmayos, de los que sólo podían recuperarse arrancándose las pieles que las ataviaban, como si fuera el único remedio contra el influjo de un hechizo maldito.
Cuando Josefina se disponía a proseguir, Adolfina gritó: ¡Basta! a mí no me conmueves con tus estúpidos cuentos, pero por lo que puedo observar sí que aturdes las mentes de mis débiles invitadas. ¡Así que largo de mi casa!.
Josefina no opuso resistencia, pero mirándola fijamente a los ojos le dijo:
Adolfina, antes de marcharme, también tengo un pequeño cuento para ti:
“Nunca desvistas a una zorra para vestir a otra”.
domingo 21 de octubre de 2007
La Mosquita Muerta
Acuso y señalo con mi dedo zigzagueante a una mosca que zumba de plato en vaso en busca del manjar más sabroso. Me pregunto porque la mosca no tiene reparos en hundir levemente sus peludas patas en las heces de un perro, mientras en una mesa se muestra tan refinada que siempre intenta posarse en el plato más suculento, en ese en el que un sibarita comensal no dudaría en no compartir con nadie si no fuera por sus modales exquisitos. Es un hecho, no menos extraordinario, como una atontada mosquita al sol, cae mal herida al primer zarpazo de un gato o muere fulminada al segundo coletazo de un buey, y sin embargo, como esta misma mosca, se convierte de pronto en un avispado moscón a la hora del almuerzo, como si platos, copas y cubiertos, manotazos y trapos, convertidos en látigos silbantes, sirvieran de pista de esquí a este alado insecto especialista de súbito en eslalon.
Pero la infeliz mosca termina estrellada a fuerza contra una servilleta roja, de tela ruda, que la destripa al primer impacto certero. Cae entonces el bicho muerto sobre una rodaja de pan, y es retirado con alivio y rostros regañados por el contraste del pequeño cuajo sangrante y la levadura blanca. Esta imagen llega a consternarme, y me pregunto que hubiera sucedido con el destino de la ahora difunta mosca si no la hubiera delatado. Pienso no sin cierto alivio de conciencia que una mosca nunca pasa desapercibida cuando intenta aterrizar en tu plato con sus infectas patas, y que si no me hubiera fatigado yo del vaivén de mi mano para ahuyentarla, se hubiera cansado el convidado de mi derecha o del otro lado. Además ¡yo no la maté! al menos con mi servilleta, que en ningún momento se ha movido de mis educados muslos. ¡Yo no participé en ese crimen! mis manos no están manchadas de ese pequeño revoltijo de zancas, alas y sangre. Acto seguido mis recriminaciones cesan. No es ni siquiera el hecho de que yo no sea culpable de la muerte de ese insignificante insecto, es suficiente con saber que no soy yo la mosquita muerta que ahora se metamorfosea entre cáscaras de naranja y borras de café.
Pero la infeliz mosca termina estrellada a fuerza contra una servilleta roja, de tela ruda, que la destripa al primer impacto certero. Cae entonces el bicho muerto sobre una rodaja de pan, y es retirado con alivio y rostros regañados por el contraste del pequeño cuajo sangrante y la levadura blanca. Esta imagen llega a consternarme, y me pregunto que hubiera sucedido con el destino de la ahora difunta mosca si no la hubiera delatado. Pienso no sin cierto alivio de conciencia que una mosca nunca pasa desapercibida cuando intenta aterrizar en tu plato con sus infectas patas, y que si no me hubiera fatigado yo del vaivén de mi mano para ahuyentarla, se hubiera cansado el convidado de mi derecha o del otro lado. Además ¡yo no la maté! al menos con mi servilleta, que en ningún momento se ha movido de mis educados muslos. ¡Yo no participé en ese crimen! mis manos no están manchadas de ese pequeño revoltijo de zancas, alas y sangre. Acto seguido mis recriminaciones cesan. No es ni siquiera el hecho de que yo no sea culpable de la muerte de ese insignificante insecto, es suficiente con saber que no soy yo la mosquita muerta que ahora se metamorfosea entre cáscaras de naranja y borras de café.
martes 16 de octubre de 2007
Felicitación por mi Cumpleaños de un Amigo
Entonces, y sólo entonces, es cuando un estremecimiento, acabado en un leve suspiro, es la prueba concluyente de que no se está sólo... De que no se tiene porqué pedir permiso por sentir determinadas sensaciones... De que sin saberlo, y llegando por un camino tan divergente, al final siempre hay alguien que te coge de la mano sin cogerla, que te dice que le sigas sin seguirle cuerpo a cuerpo, y que sientas sin sentirlo plenamente... Tan sólo es su refrendo , que debe desvanecerse tan pronto como el propio cometido deja de tener sentido...
domingo 7 de octubre de 2007
Buenos Días Julio Cortázar
A paso más bien ligero penetro en las tinieblas de lo incognoscible, de lo inexpugnable, y sacudo con mis ojos, en plena órbita, el denso ambiente gracias a mi sed de mares vencedores, pues siempre me he guiado por el polvo brillante de las estrellas triunfantes aún estando alojadas ya para siempre en el pos mortem.
Créeme cuando confieso que no sé cuanto de mí hay en cada letra, palabra, frase, renglón, página, capítulo o libro de tu creación, pues son muchas las ocasiones en las que me sorprendo arrastrada por tu mano firme, por tu exquisito-hacer en la cocina mágica de la literatura. Es en esa especie de trance atávico cuando mi voz interna y lectora deja de ser mi voz para cedérsela a toda suerte de atractivos personajes, incluso a mininos y alondras plateadas… Son mis piernas prestadas a reflexivos o locos paseos parisinos, y son mis manos autómatas las que acarician muros que de lejos parecen cercanos por su grandeza, pero que de cerca muestran su lejanía y complejidad en la pátina adherida a su mampuesto. En ti no cabe la jota por la jota, una jota a fuerza tiene que ser algo más que una simple letra del abecedario. Por eso Julio, con tu única u, tu elegante ele, tu inteligible i y tu orgánica o, resultas ser mucho más que lo que se entiende por un vulgar nombre.
Me has enseñado a no dar por dado que la sombra de la inexistencia es doblemente inexistente en materia de literatura. Hay que reformular los viejos postulados, hay que reinventar las palabras, alejarlas de trilladas fórmulas físicas o academicistas… hay por tanto que escribir mar sin dar por hecho que el mar es grande y azul, pues hay mares verdes y ligeros y hay sufrimientos y alegrías en el mar, y el mar no es para un oceanógrafo lo que resulta ser el mar para un romántico. Gracias a tu mar por su infinita profundidad y sus múltiples cronopios.
Deposito en tu sepulcro a modo de homenaje, un puente con dos piedritas de vaga ingeniería, una flor amarilla de alegría, un tique de tren “Tenerife- Montparnasse”, una hoja otoñal evocadora y una postal de Roc-Amadour con una Rayuela mal dibujada.
Te doy los buenos días Lobo, pues la magia (maga) de tu existencia, reside en tu continuo renacer a través de tus textos y enseñanzas. Las buenas noches te las da ya para siempre la Osita (Carol Dunlop).
miércoles 12 de septiembre de 2007
Hasta Octubre
Me marcho con inquietud y regresaré con melancolía. Sólo espero que en lo que dure el viaje estén despiertos todos mis sentidos.
Un abrazo
Un abrazo
miércoles 5 de septiembre de 2007
Mágica Maga
Todos aspiramos a una “Maga” en nuestra vida, supongo que llegar a encontrarla y hacerla nuestra, depende de cómo y en que circunstancia lancemos la piedra a la Rayuela de la existencia.
La Maga es sólo una buena amante, tanto para los incautos como para los intelectuales, pero la Maga es mágica para los que se sitúan entre el cielo y el averno, para aquellos que como Horacio (Oliveira) analizan y cuestionan el anquilosamiento de la literatura contemporánea guiados por las enajenadas notas un tal Morelli, se deleitan en el Club de la Serpiente con las notas del blues de Jack Dupree, y sin embargo al tiempo son capaces de pasar una impasible tarde de domingo tirados en un catre cualquiera fumando un Gauloise, mientras examinan las imperceptibles corrientes de aire de un cuartucho húmedo, guiados casi a ciegas por la dirección del humo de sus eternos cigarrillos.
La Maga teme sobrar en las reuniones sociales, pero acaba convirtiéndose, sin saberlo, en la arpía anfitriona, de forma tan natural como la muerte lenta de las flores en invierno. Lucía, con su frescura, es envidiada por las Damas, que maldicen sus modales mientras intentan hacer suyos para siempre alguno de sus gestos más liberales y picarones, para ofrecérselos como un mal sucedáneo a sus maridos, babosos sabuesos, ante la presencia de esta desconcertante mujer. Su acompañante puede llegar a afrentarse ante ella, pero intentará a toda costa jugar a encontrar sus pies bajo la mesa, pues sabe que Lucía, la Maga, lejos de guardar las formas, no dudará en descalzarlos sólo para él.
La Maga es capaz de preguntarse si China es país o continente, pues ha escuchado que son muchos los hombres de ojos cumplidos, tal vez demasiados, a la vez que se cuela por un zaguán parisino a observar el entramado tan inaudito de las baldosas de un decimonónico edicifio Haussmiano, en el que posiblemente no repararía el más avezado de los historiadores del Art, que quedaría cautivado por la fachada ecléctica que reseña, tomo a tomo, todos los libros de de la Biblioteca Nacional que ha consultado.
La Maga se ríe de Horacio, que no puede llegar a comprender como una cantante frustrada e ignorante jovencita osa a importunar a un bonaerense intelectual. Pero Oliveira se detiene, y piensa que el culpable de no impulsarse para renunciar a un lastre de incipiente concupiscencia, tiene por fuerza que atender a un orden ulterior deseado, tal vez previsto, a un abismo al que sin haber caído todavía se prevé dulce y pernicioso.
Ineludible es por tanto la Maga, pues es al tiempo una muerte diaria y un resurgir cotidiano. Lucía no se explica con fórmulas manoseadas guardadas en cajones desvencijados. Pasear por París con la Maga, es un no-París, una no-certeza, un no-ejercicio de eruditismo, es más bien una suerte de gatos callejeros de muchos colores, es una lluvia a la intemperie, es un ocaso constante, es un beso sensual de puente a puente, una música barata, un café eterno de locas divagaciones. Pasear por la vida con la Maga, es cabalgar feliz e inseguro por un perfecto desorden, por una cuerda locura, con ingenua brillantez e infiel pureza que te acosa y te recuerda que Lucía, la Maga, es la reina matemática de la consciente inconsciencia.
La Maga es sólo una buena amante, tanto para los incautos como para los intelectuales, pero la Maga es mágica para los que se sitúan entre el cielo y el averno, para aquellos que como Horacio (Oliveira) analizan y cuestionan el anquilosamiento de la literatura contemporánea guiados por las enajenadas notas un tal Morelli, se deleitan en el Club de la Serpiente con las notas del blues de Jack Dupree, y sin embargo al tiempo son capaces de pasar una impasible tarde de domingo tirados en un catre cualquiera fumando un Gauloise, mientras examinan las imperceptibles corrientes de aire de un cuartucho húmedo, guiados casi a ciegas por la dirección del humo de sus eternos cigarrillos.
La Maga teme sobrar en las reuniones sociales, pero acaba convirtiéndose, sin saberlo, en la arpía anfitriona, de forma tan natural como la muerte lenta de las flores en invierno. Lucía, con su frescura, es envidiada por las Damas, que maldicen sus modales mientras intentan hacer suyos para siempre alguno de sus gestos más liberales y picarones, para ofrecérselos como un mal sucedáneo a sus maridos, babosos sabuesos, ante la presencia de esta desconcertante mujer. Su acompañante puede llegar a afrentarse ante ella, pero intentará a toda costa jugar a encontrar sus pies bajo la mesa, pues sabe que Lucía, la Maga, lejos de guardar las formas, no dudará en descalzarlos sólo para él.
La Maga es capaz de preguntarse si China es país o continente, pues ha escuchado que son muchos los hombres de ojos cumplidos, tal vez demasiados, a la vez que se cuela por un zaguán parisino a observar el entramado tan inaudito de las baldosas de un decimonónico edicifio Haussmiano, en el que posiblemente no repararía el más avezado de los historiadores del Art, que quedaría cautivado por la fachada ecléctica que reseña, tomo a tomo, todos los libros de de la Biblioteca Nacional que ha consultado.
La Maga se ríe de Horacio, que no puede llegar a comprender como una cantante frustrada e ignorante jovencita osa a importunar a un bonaerense intelectual. Pero Oliveira se detiene, y piensa que el culpable de no impulsarse para renunciar a un lastre de incipiente concupiscencia, tiene por fuerza que atender a un orden ulterior deseado, tal vez previsto, a un abismo al que sin haber caído todavía se prevé dulce y pernicioso.
Ineludible es por tanto la Maga, pues es al tiempo una muerte diaria y un resurgir cotidiano. Lucía no se explica con fórmulas manoseadas guardadas en cajones desvencijados. Pasear por París con la Maga, es un no-París, una no-certeza, un no-ejercicio de eruditismo, es más bien una suerte de gatos callejeros de muchos colores, es una lluvia a la intemperie, es un ocaso constante, es un beso sensual de puente a puente, una música barata, un café eterno de locas divagaciones. Pasear por la vida con la Maga, es cabalgar feliz e inseguro por un perfecto desorden, por una cuerda locura, con ingenua brillantez e infiel pureza que te acosa y te recuerda que Lucía, la Maga, es la reina matemática de la consciente inconsciencia.
martes 28 de agosto de 2007
GATITOS EN ADOPCIÓN FOTOS DE OCTUBRE 2007. TENERIFE
Estos preciosos gatitos (de entre 2 y 3 meses)están esperando un hogar desde hace algún tiempo.
Gildo: algo tímido, bueno y cariñoso.
Hugo: mimoso, juguetón y tranquilo.
Victor: bastante tímido, juguetón y agradecido.
Coby: el más pequeñín, independiente y juguetón.
Orson: cariñoso, jueguetón y extrovertido.
Doly: es algo sordito, muy despierto y le gusta llamar la atención.
Se entregan desparasitados y con contrato de adopción en S/C de Tenerife.
Contacto: adhira.mira@gmail.com
lunes 20 de agosto de 2007
Ausencia
Fue como un pasar de años suspendidos, aunque sólo para mí. Cuando regresé todo se había tornado viejo y distante. El beso de mi abuela fue el único enlace conexo e impoluto de todos los que soñaba encontrarme a mi llegada. Todo lo demás parecía haber sido untado por borras de café, que oscurecen y avejentan a su roce. Mi madre lloró al abrazarme, y sus lágrimas ya no caían brillantes y seguras por sus mejillas, ahora dibujaban una suerte de canales que iban a desembocar al pómulo, que aún terso por una cuestión meramente ósea, las empujaba hacia los laterales de su desmejorado rostro. Fue desagradable descubrir que mi madre ya no podía llorar en forma de cascada tímida, sino de río serpenteante surcado de arrugas. Mi casa tampoco era la misma, una película amarillenta envolvía las paredes que me despidieran níveas y atentas algunos años atrás. Tal vez los guisos que no comí en todo ese tiempo me fueron servidos como de costumbre, y los humos concentrados que no soplé, los absorbió la pintura blanca y porosa de la pared. El desorden natural de mi habitación, seguía en el mismo perfecto orden, pero el vacío y la soledad se habían instalado en cada uno de los objetos que conformaban la pieza. Tampoco mi barrio se detuvo en mi ausencia, los árboles de la avenida, de pronto gigantes y tupidos, ya no formaban claroscuros en las aceras, en donde antiguamente las niñas jugaban a pisar sólo los círculos de luz y los niños sólo los de sombra. La confitería de la plaza había desaparecido, y ésta en las mañanas ya no olía a levadura y caramelo líquido, sino a excrementos y orín.
Comprendí enseguida que las agujas del reloj sólo se paran en la mente del que se marcha, y que no existe un mecanismo capaz de paralizar nuestro pequeño mundo en nuestra ausencia y darle cuerda a nuestro regreso.
Comprendí enseguida que las agujas del reloj sólo se paran en la mente del que se marcha, y que no existe un mecanismo capaz de paralizar nuestro pequeño mundo en nuestra ausencia y darle cuerda a nuestro regreso.
jueves 16 de agosto de 2007
jueves 2 de agosto de 2007
Acecho
Ya me lo dijiste tú… ¡cuántas lunas por besar!. Qué limitada es la existencia para el que se empeña en recoger siempre el mismo guijarro del camino. Qué alguien me de la clave de convertir el amor en una elección irracional, yo también quiero ser capaz de usar la máscara de la conformidad, de la aceptación del no entusiasmo como hecho natural. Qué estado más extraño este, en el que los que no se sienten plenos son más fecundos y reproductores. Es un querer y no querer abandonar este vaivén emocional tan fructífero como anodino, tan hercúleo como indolente. Quiero seguir buscando aunque nadie me halle, quiero que no se vaya la inspiración en silencio, por la puerta de atrás, como se van los amantes que han sido atacados de frente por un puñal de agua refrescante. Pero quiero a ratos que vuelva el regocijo de lo sublime y que la calma disipada sea capaz de devolverme la pereza y seguridad necesaria al sol del mediodía.
Pero... ¿Cómo conciliar el sueño en un pleno estado de acecho? La mira del fusil es un ojo que a veces es hoja, pues es perenne en los valles y en las montañas, en las colinas y en las depresiones, en los cauces y en los caudales, pero otras veces no es ojo, es ojal, y estrangula y retiene a los desafortunados botones de nácar contra su pecho, en un mar de senos de mujer necesitada de nuevos ciclos lunares...
Pero... ¿Cómo conciliar el sueño en un pleno estado de acecho? La mira del fusil es un ojo que a veces es hoja, pues es perenne en los valles y en las montañas, en las colinas y en las depresiones, en los cauces y en los caudales, pero otras veces no es ojo, es ojal, y estrangula y retiene a los desafortunados botones de nácar contra su pecho, en un mar de senos de mujer necesitada de nuevos ciclos lunares...
jueves 26 de julio de 2007
Eres Libre
Eres libre de venir a mí, así que ven sólo cuando “tu ser” me solicite, me añore o me necesite, que yo te acogeré feliz, con añoranzas y necesidades, pero libre. Sin penas ni glorias, pero arriesgada....
No quiero tiempos muertos que saben a cementerio, a cruces enterradas que no deben desclavarse. Quiero que los diarios escritos a sangre se laven entre caricias furtivas y sanadoras, y cómplices y hasta mortales...
No quiero flores por compromiso, quiero jardines floridos, quiero ser polen y volar lejos y volver en el pico de un ave, y que tu vuelvas a nuestro prado y te conviertas en flor de hoy para mí, y yo en flor de un mañana para ti...
Y quiero que todo ocurra sin leyes y sin rencores, sin jaulas y sin presiones, quiero que todo lo que ocurra y des-ocurra entre los dos, sea fruto de palabras claras, de abrazos que no traicionan, del querer y no del deber o no deber ser.
No quiero tiempos muertos que saben a cementerio, a cruces enterradas que no deben desclavarse. Quiero que los diarios escritos a sangre se laven entre caricias furtivas y sanadoras, y cómplices y hasta mortales...
No quiero flores por compromiso, quiero jardines floridos, quiero ser polen y volar lejos y volver en el pico de un ave, y que tu vuelvas a nuestro prado y te conviertas en flor de hoy para mí, y yo en flor de un mañana para ti...
Y quiero que todo ocurra sin leyes y sin rencores, sin jaulas y sin presiones, quiero que todo lo que ocurra y des-ocurra entre los dos, sea fruto de palabras claras, de abrazos que no traicionan, del querer y no del deber o no deber ser.
lunes 23 de julio de 2007
Sentires y diretes
Me siento como un violín al que han crecido telarañas.
Me será fácil encontrar a un trovador fugaz que las limpie…
Pero, ¿hallaré al compositor que sepa afinar mi alma?.
Mis sonatas serán tristes hoy…
Pero, ¿cómo se escucharán mañana?
Me encuentro como la amante solitaria en la vieja estación.
Habrá un pasajero cualquiera con flores varias para mí…
Pero, ¿su olor penetrará en mi vientre?
Mis calas blancas están grises hoy…
Pero, ¿cómo embriagarán mañana?
Me percibo como la roca que algún día quiso ser escultura.
Vendrán cien manos prestas a tallar mi piel…
Pero, ¿esas manos moldearán mi ser?
Mis formas no son precisas hoy…
Pero, ¿cómo renaceré mañana?
Me será fácil encontrar a un trovador fugaz que las limpie…
Pero, ¿hallaré al compositor que sepa afinar mi alma?.
Mis sonatas serán tristes hoy…
Pero, ¿cómo se escucharán mañana?
Me encuentro como la amante solitaria en la vieja estación.
Habrá un pasajero cualquiera con flores varias para mí…
Pero, ¿su olor penetrará en mi vientre?
Mis calas blancas están grises hoy…
Pero, ¿cómo embriagarán mañana?
Me percibo como la roca que algún día quiso ser escultura.
Vendrán cien manos prestas a tallar mi piel…
Pero, ¿esas manos moldearán mi ser?
Mis formas no son precisas hoy…
Pero, ¿cómo renaceré mañana?
domingo 22 de julio de 2007
Mareas
Anduve por rocas marinas,
de la sangre derramada entre callados
nació una caracola hueca.
No silbes al mar,
que los besos que te regale
nazcan de lo imprevisible de su espuma.
Si alguna vez andas por rocas marinas,
no derrames tu sangre entre callados
pues no nacerán de caracolas los sonidos.
Sílbale al mar,
que los besos que no te regale
mueran en lo imprevisible de su espuma.
de la sangre derramada entre callados
nació una caracola hueca.
No silbes al mar,
que los besos que te regale
nazcan de lo imprevisible de su espuma.
Si alguna vez andas por rocas marinas,
no derrames tu sangre entre callados
pues no nacerán de caracolas los sonidos.
Sílbale al mar,
que los besos que no te regale
mueran en lo imprevisible de su espuma.
martes 17 de julio de 2007
A todo cerdo le llega su San Martín
Se hallaba a las afueras de la ciudad, donde los gruñidos porcunos y su característico olor no pudieran ahuyentar a una comunidad respetable de vecinos. Era una nave de frías planchas de metal pintadas de blanco como para espantar al calor estival, su estructura recordaba a un campo de concentración nazi, dividido en interminables pasillos donde se agolpaban los reos en minúsculas celdas, sólo que en esta cárcel se dedicaban a la porcicultura y los presos eran tiernos lechoncitos y demás secuaces frustrados del lodo y el estiércol.
El dueño de esta fábrica de cerdos, un hombre al que la belleza no se le reflejaba ni por asomo en el exterior, pues carecía interiormente de ella, rondaba los cincuenta años de edad, se llamaba Don Evelio y sólo había salido de su provincia extremeña con motivo de un viaje de comercio al sur de Francia, para traer un camión con veinte cerdos sementales de piel negra y nueve hembras de la misma raza, de las cuales siete llegaron preñadas a España. Fue un mal negocio, pues el jamón curado resultó ser excesivamente seco para el rudo paladar nacional.
La fundación de esta explotación porcina, se remontaba a principios del siglo XX. El Señor Evaristo, bisabuelo de Don Evelio, comenzó criando a dos cerditos que cuando engordaron milagrosamente a base de cáscaras de fruta y vegetales, se salvaron del ritual de la matanza al hallarlos fornicando en el goro. A la mente hambrienta del Señor Evaristo se le ocurrió que era preferible pasar penas un año que escuchar la triste melodía de las tripas de sus descendientes durante toda la vida. Así que la matanza se postergó un invierno más, en donde los puercos se habían multiplicado literalmente por siete. Había nacido un negocio, del cerdo se aprovechaba todo, y hasta las pezuñas de los mismos se vendían para afilar los incisivos de los perros de caza de los lugareños.
Setenta años después de aquel fructífero nacimiento, Don Evelio, el bisnieto, producía una media de quinientos cochinos al año en su granja de explotación intensiva. Era una cifra oscilante, pues no siempre nacían el mismo número de lechones, ni todos alcanzaban el peso ideal de sacrificio en el mismo día, aunque sí en el mismo mes, pues la introducción de la química en la alimentación, obraba milagros. El pienso de engorde y los antibióticos, no tenía nada que envidiarle a las cáscaras de manzana y zanahoria.
La rutina de sus cuarenta empleados, era siempre la misma, lo primero controlar a las hembras que se encontraban en la última fase de gestación, pues había que cambiarlas de la jaula común de pre-mamás a un espacio aislado, las jaulas parideras, en donde en el alumbramiento no se perdiera ni un futuro kilo del futuro cadáver. Para ello la madre quedaba aislada de sus crías por medio de unos barrotes que sólo dejaban asomar sus mamas, evitando así que algún lechón muriera aplastado al hallarse en un espacio tan reducido. Allí también se controlaba la temperatura ambiente de los recién nacidos hasta sus veintiún días de edad, plazo en el que se les separaba de los sacrificados cuidados de su madre para trasladarlos a las celdas de la primera fase de engorde, y fecha en la cual eran capados por el método inguinal y sin adormecimiento, pues era preferible escuchar los aún tiernos berridos que invertir un dineral en anestesia, en el caso de nacer hembras eran destinadas a sustituir la insatisfactoria labor de sus madres. La cerda, exhausta, los lloraba unos pocos días, pues con el destete entraba de nuevo en celo y la volvían a cubrir, en esta granja con potentes sementales, aunque lo que primaba en este tipo de negocios era la inseminación artificial, más rentable y además se aseguraba una calidad genética superior, pero Don Evelio disfrutaba supervisando las montas. Así hasta un total de seis o siete partos, o cuando el nivel de fecundidad fuera decreciendo, y la enviaban al matadero, sin ver crecer a sus lechones, sin un buen jamón, pero aún servible para hacer morcilla de un euro el kg. o pienso para canes. Esto ocurría a sus cuatro o cinco años de edad, en donde esta madre no realizada veía el sol por vez primera de camino a su frustrado sepelio.
La siguiente labor en esta respetable granja, era el vaciado de los excrementos de los animales, que lo hacían todo en el suelo enrejado de sus jaulas comunes. Se formaban veinte grupos de dos trabajadores cada uno, y mientras uno arrinconaba a golpe de vara a los puercos, el otro diluía las evacuaciones adheridas al enrejado metálico con una manguera y las enfocaba hacia un desagüe que iba a parar a una fosa común, aquí se aprovechaba hasta la mierda. Posteriormente había que rellenar las tolvas de pienso, que en caso de los cerditos de menos de cuatro meses, era enriquecido con proteínas y un número extra de antibióticos, para asegurar así un engorde más rápido y reducir la mortalidad.
Luego estaban las labores semanales, una de ellas consistía en la revisión veterinaria de todos y cada uno de los animales, se les pesaba, se les vacunaba y además se les examinaban las visibles patologías, pues a pesar de la limpieza diaria de las celdas, a la menor herida se cogían importantes infecciones, los excrementos a base de alimentación artificial eran un arma de doble filo. Las heridas eran producidas las más de las veces por el intento de huida de sus nuevas prisiones, cuando los cerdos de más de dieciséis semanas eran trasladados a las jaulas de la última fase de engorde, durante otros cuatro interminables meses más, y en donde debido al fuerte estrés se daban de morros en los barrotes de acero, hasta que pasados unos pocos días se resignaban, y la apatía volvía a adueñarse de sus instintos más primitivos. Otra de las razones eran los problemas de territorialidad, que algunas veces acaban en profundas mordidas por parte del más fuerte y que desencadenaban el canibalismo entre la comunidad porcina. En la mayoría de los casos terminaban con la vida del estigmatizado, pero si quedaba malherido y con la carne desgarrada e inservible hasta para sacar chuletas, Don Evelio daba la orden de entregarlo a los perros guardianes de la granja, a los que dar la estocada final al infeliz animal mientras se le extinguían los delirantes chillidos y saborear su sangre tibia, los dotaba de una agresividad fundamental para proteger el recinto de los posibles hurtos de los vecinos con malas cosechas, que tenían durante meses a su familia a base de pan y agua.
Pero sin duda, el día más agotador era cuando una partida de unos cien cerdos, llegaban a los cien kilos de peso, pues había que prepararlo todo para su transporte al matadero y la llegada al mismo. Lo primero era comprobar que el peso requerido se correspondía con la ficha numérica del animal, número que llevaba tatuado a fuego en la parte posterior del lomo. Luego, en pequeños grupos de entre seis y ocho cerdos, eran sacados de las celdas a través de un corredor que se improvisaba al efecto, y que iba a parar a la sala de espera, lugar en el que debían permanecer los puercos en ayunas, aquí debían perdurar algunas horas antes de ser traslados al camión de transporte, pues el nivel de estrés era tan grande que solían morir algunos de ellos por el camino, quizás si supieran a donde iban a parar se produciría un suicidio colectivo. Pasado el tiempo de espera, los cerdos eran conducidos a los compartimentos del trailer, la resistencia que ponían era subsanada por una vara electrificada.
Durante el transporte, los animales enmudecían, tampoco veían con claridad y eso los llenaba de estupor, ya que sus pequeños ojos no estaban habituados a la luz natural. Al llegar al destino, estos animales con una vida predestinada, se ponían muy nerviosos, emitían fuertes gruñidos incluso antes de que los mismos empleados que los habían visto nacer los pincharan sin miramientos para que bajaran por la rampa del vehículo hacia la zona de reposo. En esta sala debían permanecer unas cuantas horas más, pues si fueran sacrificados de inmediato, la carne estaría muy tensa debido al tiempo de transporte, y eso repercutía negativamente en la competencia de mercado.
El edificio era espeluznante, de paredes blancas que en algunas salas se teñían de un rojo intenso, era casi imposible respirar, el olor a heces, a sangre coagulada y a pelo requemado se alojaba en la boca del estómago obligando a contener el vómito de cualquiera que por primera vez pisara aquel lugar, y los alaridos de terror de los animales mezclados con el machaqueo de las máquinas de despiece y los gritos de los inmunes empleados, tardaría mucho tiempo en desalojar los tímpanos de una persona perfectamente equilibrada.
En la antesala a la muerte, los cochinos eran embalsamados por una ducha de agua traicionera, que reducía en gran medida las altas dosis de adrenalina, tan perjudicial para la calidad de la carne y su posterior consumo humano. De ahí se les conducía a golpes secos en el cuarto trasero, por un pasillo que terminaba en una trampilla manual de acero que sujetaba la cabeza de los cerdos a modo de guillotina sin cuchillas. Era en ese instante cuando un empleado del matadero procedía al aturdimiento del animal colocando un electrodo a cada lado de la cabeza. La descarga de 150 V producía una especie de ataque epiléptico en el cochino, liberándolo de la sensibilidad por espacio de unos treinta segundos, tiempo en el que otro de los empleados debía proceder al degollado y posterior desangre. En muchos de los casos, el cerdo recuperaba la consciencia mientras se estaba desangrando colgado de las patas traseras, y era necesario inmovilizarlo para perder el menor número posible de sangre en el canal habilitado a tal efecto, canal que gota a gota diluía la vida esclava del animal. También ocurría que si las horas de ayuno no habían sido respetadas, se vomitaban y defecaban sobre sus propios residuos, y estos ya no eran aptos para elaborar sabrosos embutidos.
Finalizado el desangre, y con la bendición de San Martín, el cadáver pasaba a la fase de escaldado. El cuerpo inerte era introducido en una pila de agua con la temperatura exacta para no cocinar la carne, pero suficiente para liberarla de los puercos bellos del animal. Posteriormente se procedía al eviscerado, en donde de manera mecanizada se lavaba la tripa y se viraba del revés. Por último, el ultrajado cuerpo pasaba a la sala de despiece, en donde se ponía especial cuidado en la extracción del solomillo y el lomo del infeliz.
El cerdo ya estaba listo para enfrentarse al complicado mundo del comercio, y Don Evelio seguía dispuesto a seguir contribuyendo con el, creía firmemente en aquello de la oferta y la demanda.
¿Cómo puedes contarme esta truculenta historia durante una chuletada? Le inquirí ofendida.
A lo que ella respondió: ¿Cómo es posible que nunca te hayas parado a pensar que la muerte en vida es siempre más dolorosa que la propia muerte en sí?
http://www.granjasdeesclavos.com/cerdos/como-son
El dueño de esta fábrica de cerdos, un hombre al que la belleza no se le reflejaba ni por asomo en el exterior, pues carecía interiormente de ella, rondaba los cincuenta años de edad, se llamaba Don Evelio y sólo había salido de su provincia extremeña con motivo de un viaje de comercio al sur de Francia, para traer un camión con veinte cerdos sementales de piel negra y nueve hembras de la misma raza, de las cuales siete llegaron preñadas a España. Fue un mal negocio, pues el jamón curado resultó ser excesivamente seco para el rudo paladar nacional.
La fundación de esta explotación porcina, se remontaba a principios del siglo XX. El Señor Evaristo, bisabuelo de Don Evelio, comenzó criando a dos cerditos que cuando engordaron milagrosamente a base de cáscaras de fruta y vegetales, se salvaron del ritual de la matanza al hallarlos fornicando en el goro. A la mente hambrienta del Señor Evaristo se le ocurrió que era preferible pasar penas un año que escuchar la triste melodía de las tripas de sus descendientes durante toda la vida. Así que la matanza se postergó un invierno más, en donde los puercos se habían multiplicado literalmente por siete. Había nacido un negocio, del cerdo se aprovechaba todo, y hasta las pezuñas de los mismos se vendían para afilar los incisivos de los perros de caza de los lugareños.
Setenta años después de aquel fructífero nacimiento, Don Evelio, el bisnieto, producía una media de quinientos cochinos al año en su granja de explotación intensiva. Era una cifra oscilante, pues no siempre nacían el mismo número de lechones, ni todos alcanzaban el peso ideal de sacrificio en el mismo día, aunque sí en el mismo mes, pues la introducción de la química en la alimentación, obraba milagros. El pienso de engorde y los antibióticos, no tenía nada que envidiarle a las cáscaras de manzana y zanahoria.
La rutina de sus cuarenta empleados, era siempre la misma, lo primero controlar a las hembras que se encontraban en la última fase de gestación, pues había que cambiarlas de la jaula común de pre-mamás a un espacio aislado, las jaulas parideras, en donde en el alumbramiento no se perdiera ni un futuro kilo del futuro cadáver. Para ello la madre quedaba aislada de sus crías por medio de unos barrotes que sólo dejaban asomar sus mamas, evitando así que algún lechón muriera aplastado al hallarse en un espacio tan reducido. Allí también se controlaba la temperatura ambiente de los recién nacidos hasta sus veintiún días de edad, plazo en el que se les separaba de los sacrificados cuidados de su madre para trasladarlos a las celdas de la primera fase de engorde, y fecha en la cual eran capados por el método inguinal y sin adormecimiento, pues era preferible escuchar los aún tiernos berridos que invertir un dineral en anestesia, en el caso de nacer hembras eran destinadas a sustituir la insatisfactoria labor de sus madres. La cerda, exhausta, los lloraba unos pocos días, pues con el destete entraba de nuevo en celo y la volvían a cubrir, en esta granja con potentes sementales, aunque lo que primaba en este tipo de negocios era la inseminación artificial, más rentable y además se aseguraba una calidad genética superior, pero Don Evelio disfrutaba supervisando las montas. Así hasta un total de seis o siete partos, o cuando el nivel de fecundidad fuera decreciendo, y la enviaban al matadero, sin ver crecer a sus lechones, sin un buen jamón, pero aún servible para hacer morcilla de un euro el kg. o pienso para canes. Esto ocurría a sus cuatro o cinco años de edad, en donde esta madre no realizada veía el sol por vez primera de camino a su frustrado sepelio.
La siguiente labor en esta respetable granja, era el vaciado de los excrementos de los animales, que lo hacían todo en el suelo enrejado de sus jaulas comunes. Se formaban veinte grupos de dos trabajadores cada uno, y mientras uno arrinconaba a golpe de vara a los puercos, el otro diluía las evacuaciones adheridas al enrejado metálico con una manguera y las enfocaba hacia un desagüe que iba a parar a una fosa común, aquí se aprovechaba hasta la mierda. Posteriormente había que rellenar las tolvas de pienso, que en caso de los cerditos de menos de cuatro meses, era enriquecido con proteínas y un número extra de antibióticos, para asegurar así un engorde más rápido y reducir la mortalidad.
Luego estaban las labores semanales, una de ellas consistía en la revisión veterinaria de todos y cada uno de los animales, se les pesaba, se les vacunaba y además se les examinaban las visibles patologías, pues a pesar de la limpieza diaria de las celdas, a la menor herida se cogían importantes infecciones, los excrementos a base de alimentación artificial eran un arma de doble filo. Las heridas eran producidas las más de las veces por el intento de huida de sus nuevas prisiones, cuando los cerdos de más de dieciséis semanas eran trasladados a las jaulas de la última fase de engorde, durante otros cuatro interminables meses más, y en donde debido al fuerte estrés se daban de morros en los barrotes de acero, hasta que pasados unos pocos días se resignaban, y la apatía volvía a adueñarse de sus instintos más primitivos. Otra de las razones eran los problemas de territorialidad, que algunas veces acaban en profundas mordidas por parte del más fuerte y que desencadenaban el canibalismo entre la comunidad porcina. En la mayoría de los casos terminaban con la vida del estigmatizado, pero si quedaba malherido y con la carne desgarrada e inservible hasta para sacar chuletas, Don Evelio daba la orden de entregarlo a los perros guardianes de la granja, a los que dar la estocada final al infeliz animal mientras se le extinguían los delirantes chillidos y saborear su sangre tibia, los dotaba de una agresividad fundamental para proteger el recinto de los posibles hurtos de los vecinos con malas cosechas, que tenían durante meses a su familia a base de pan y agua.
Pero sin duda, el día más agotador era cuando una partida de unos cien cerdos, llegaban a los cien kilos de peso, pues había que prepararlo todo para su transporte al matadero y la llegada al mismo. Lo primero era comprobar que el peso requerido se correspondía con la ficha numérica del animal, número que llevaba tatuado a fuego en la parte posterior del lomo. Luego, en pequeños grupos de entre seis y ocho cerdos, eran sacados de las celdas a través de un corredor que se improvisaba al efecto, y que iba a parar a la sala de espera, lugar en el que debían permanecer los puercos en ayunas, aquí debían perdurar algunas horas antes de ser traslados al camión de transporte, pues el nivel de estrés era tan grande que solían morir algunos de ellos por el camino, quizás si supieran a donde iban a parar se produciría un suicidio colectivo. Pasado el tiempo de espera, los cerdos eran conducidos a los compartimentos del trailer, la resistencia que ponían era subsanada por una vara electrificada.
Durante el transporte, los animales enmudecían, tampoco veían con claridad y eso los llenaba de estupor, ya que sus pequeños ojos no estaban habituados a la luz natural. Al llegar al destino, estos animales con una vida predestinada, se ponían muy nerviosos, emitían fuertes gruñidos incluso antes de que los mismos empleados que los habían visto nacer los pincharan sin miramientos para que bajaran por la rampa del vehículo hacia la zona de reposo. En esta sala debían permanecer unas cuantas horas más, pues si fueran sacrificados de inmediato, la carne estaría muy tensa debido al tiempo de transporte, y eso repercutía negativamente en la competencia de mercado.
El edificio era espeluznante, de paredes blancas que en algunas salas se teñían de un rojo intenso, era casi imposible respirar, el olor a heces, a sangre coagulada y a pelo requemado se alojaba en la boca del estómago obligando a contener el vómito de cualquiera que por primera vez pisara aquel lugar, y los alaridos de terror de los animales mezclados con el machaqueo de las máquinas de despiece y los gritos de los inmunes empleados, tardaría mucho tiempo en desalojar los tímpanos de una persona perfectamente equilibrada.
En la antesala a la muerte, los cochinos eran embalsamados por una ducha de agua traicionera, que reducía en gran medida las altas dosis de adrenalina, tan perjudicial para la calidad de la carne y su posterior consumo humano. De ahí se les conducía a golpes secos en el cuarto trasero, por un pasillo que terminaba en una trampilla manual de acero que sujetaba la cabeza de los cerdos a modo de guillotina sin cuchillas. Era en ese instante cuando un empleado del matadero procedía al aturdimiento del animal colocando un electrodo a cada lado de la cabeza. La descarga de 150 V producía una especie de ataque epiléptico en el cochino, liberándolo de la sensibilidad por espacio de unos treinta segundos, tiempo en el que otro de los empleados debía proceder al degollado y posterior desangre. En muchos de los casos, el cerdo recuperaba la consciencia mientras se estaba desangrando colgado de las patas traseras, y era necesario inmovilizarlo para perder el menor número posible de sangre en el canal habilitado a tal efecto, canal que gota a gota diluía la vida esclava del animal. También ocurría que si las horas de ayuno no habían sido respetadas, se vomitaban y defecaban sobre sus propios residuos, y estos ya no eran aptos para elaborar sabrosos embutidos.
Finalizado el desangre, y con la bendición de San Martín, el cadáver pasaba a la fase de escaldado. El cuerpo inerte era introducido en una pila de agua con la temperatura exacta para no cocinar la carne, pero suficiente para liberarla de los puercos bellos del animal. Posteriormente se procedía al eviscerado, en donde de manera mecanizada se lavaba la tripa y se viraba del revés. Por último, el ultrajado cuerpo pasaba a la sala de despiece, en donde se ponía especial cuidado en la extracción del solomillo y el lomo del infeliz.
El cerdo ya estaba listo para enfrentarse al complicado mundo del comercio, y Don Evelio seguía dispuesto a seguir contribuyendo con el, creía firmemente en aquello de la oferta y la demanda.
¿Cómo puedes contarme esta truculenta historia durante una chuletada? Le inquirí ofendida.
A lo que ella respondió: ¿Cómo es posible que nunca te hayas parado a pensar que la muerte en vida es siempre más dolorosa que la propia muerte en sí?
http://www.granjasdeesclavos.com/cerdos/como-son
jueves 5 de julio de 2007
¿Dónde pongo lo hallado?
Lo más que me desconcertaba de aquella mujer era que me empujaba, con sólo otearla, a imaginarla en su hogar en los momentos previos a sus salidas de ave nocturna, pero sin llegar a comprender muy bien, que clase de presas buscaba para llevarse de regreso al nido.
Al observar desde mi mostrador su peinado, desposeído de cualquier tipo de acierto, pero en el que se había puesto toda la destreza habida pero sin haber, me embargaba una profunda tristeza, que lejos de quedarse paralizada en su quebradizo cabello, marcaba mechón a mechón el comienzo del abanico de desconciertos y penalidades que me proporcionaba su visión de jueves a jueves, de puerta a barra, de barra a copa, de copa a tabaco, siempre en el mismo caótico orden.
La imaginaba entonces en su pisito des-céntrico de alquiler imaginario, en un baño de azulejos arlequineses, frente a un espejo con focos tímidos que desparramaban una luz tenue y hasta favorecedora, elegidos a conciencia para hacer de cómplice a las arrugas, que más que fruto de la edad, eran cicatrices del alma exteriorizadas en su mal maquillado rostro. Luego podía llegar a divisarla en su lúgrube dormitorio, delante de un armario cojo por la carcoma y con espejos entumecidos por la humedad, con manchas desdibujadas en las que Mariza, así la bauticé yo la primera noche, adivinaba caras expectantes con los ojos bien abiertos, como esperando a ver con que indulgente modelito las iba sorprender esa noche.
Yo percibía su casa a modo de su alter ego, una casa deseosa de ser habitada, de querer tener grabada en sus paredes las huellas de más de una mano al deslizarse por el pasillo, pero de manos diferentes, de almohadas ansiosas por consolar las lágrimas tristes de un ojo insomne, pero de ojos distintos, de una mesa de cocina que pedía a gritos cada amanecer dos tazas de café sobre su lomo de madera, pero las dos tacitas calientes al tiempo, como un columpio con sistema de palanca en el que uno sube y da un sorbito, mientras escucha lo que el otro con la bebida apoyada comenta y viceversa, todo en un perfecto vaivén para la solitaria mesa, a la que Mariza emborrachaba cada jueves, cada noche tal vez, con el whisky que se escurría de su vaso exprimido por la angustia, y al que necesitaba aferrarse previamente para enfrentarse a las deshabitadas miradas del bar de los consuelos, las mismas miradas despiadadas que la hacían sentirse menos sola, aunque sólo fuera por ser reales.
Quizás la clase de presa que buscaba Mariza, era una víctima que se vistiera por ella delante de unos rostros inventados por la humedad en un espejo. Quizás no la encontró porque no existían tales caras, y era la suya propia la entumecida y desdibujada en un acto de supervivencia reflejo.
Al observar desde mi mostrador su peinado, desposeído de cualquier tipo de acierto, pero en el que se había puesto toda la destreza habida pero sin haber, me embargaba una profunda tristeza, que lejos de quedarse paralizada en su quebradizo cabello, marcaba mechón a mechón el comienzo del abanico de desconciertos y penalidades que me proporcionaba su visión de jueves a jueves, de puerta a barra, de barra a copa, de copa a tabaco, siempre en el mismo caótico orden.
La imaginaba entonces en su pisito des-céntrico de alquiler imaginario, en un baño de azulejos arlequineses, frente a un espejo con focos tímidos que desparramaban una luz tenue y hasta favorecedora, elegidos a conciencia para hacer de cómplice a las arrugas, que más que fruto de la edad, eran cicatrices del alma exteriorizadas en su mal maquillado rostro. Luego podía llegar a divisarla en su lúgrube dormitorio, delante de un armario cojo por la carcoma y con espejos entumecidos por la humedad, con manchas desdibujadas en las que Mariza, así la bauticé yo la primera noche, adivinaba caras expectantes con los ojos bien abiertos, como esperando a ver con que indulgente modelito las iba sorprender esa noche.
Yo percibía su casa a modo de su alter ego, una casa deseosa de ser habitada, de querer tener grabada en sus paredes las huellas de más de una mano al deslizarse por el pasillo, pero de manos diferentes, de almohadas ansiosas por consolar las lágrimas tristes de un ojo insomne, pero de ojos distintos, de una mesa de cocina que pedía a gritos cada amanecer dos tazas de café sobre su lomo de madera, pero las dos tacitas calientes al tiempo, como un columpio con sistema de palanca en el que uno sube y da un sorbito, mientras escucha lo que el otro con la bebida apoyada comenta y viceversa, todo en un perfecto vaivén para la solitaria mesa, a la que Mariza emborrachaba cada jueves, cada noche tal vez, con el whisky que se escurría de su vaso exprimido por la angustia, y al que necesitaba aferrarse previamente para enfrentarse a las deshabitadas miradas del bar de los consuelos, las mismas miradas despiadadas que la hacían sentirse menos sola, aunque sólo fuera por ser reales.
Quizás la clase de presa que buscaba Mariza, era una víctima que se vistiera por ella delante de unos rostros inventados por la humedad en un espejo. Quizás no la encontró porque no existían tales caras, y era la suya propia la entumecida y desdibujada en un acto de supervivencia reflejo.
martes 3 de julio de 2007
Suposiciones
¿Cómo piensas conseguirlo? No lo sé.
¿Pero has pensado en las consecuencias? Sí, claro que sí.
¿Y estás dispuesto a asumir ese riesgo? Por supuesto.
¿Por supuesto? Sí, sin duda.
¿Estás seguro de qué merece la pena? Claro, lo estoy.
¿Y has contemplado la posibilidad de que te detenga la policía? Evidentemente.
¿Y te has planteado que puedes acabar en la cárcel? Sí, me lo he planteado.
¿Y has reflexionado sobre como se lo tomaría tu familia? No, eso aún no me había parado a pensarlo...
¿Cuándo lo harás? Aún no lo sé.
¿Pero no irás a rajarte, no? No, supongo que no.
¿Sólo supones? Sí, sólo son suposiciones.
¿Pero has pensado en las consecuencias? Sí, claro que sí.
¿Y estás dispuesto a asumir ese riesgo? Por supuesto.
¿Por supuesto? Sí, sin duda.
¿Estás seguro de qué merece la pena? Claro, lo estoy.
¿Y has contemplado la posibilidad de que te detenga la policía? Evidentemente.
¿Y te has planteado que puedes acabar en la cárcel? Sí, me lo he planteado.
¿Y has reflexionado sobre como se lo tomaría tu familia? No, eso aún no me había parado a pensarlo...
¿Cuándo lo harás? Aún no lo sé.
¿Pero no irás a rajarte, no? No, supongo que no.
¿Sólo supones? Sí, sólo son suposiciones.
lunes 2 de julio de 2007
Desacertijos
Si usted se aventejara, el tiempo ya no sería relativismo, sino más mal que mal, morteciano y cansinisimo, los días se desvolverían grises y pliegados, y su mente sabiamente recurría al don de las palabotas o palamocacines imposibilitadas para los verincuetos raciovales. Los rompesenderos de las sociedades extraperdidas, verían con descolchones derrumtodos, como su enajen mental y metodontólogo cae al asilo tras las huellas repolvas de sales de Na y sopas de acrecenes. El tren de las descamas y el mar de las estrellas plagadas de cielos, se desunen de pie a mano para pasear al que nunca lleva de Teseo por los lamerintos en los días soledados de osturas tormentas. La trenza lleva colgada a una niña respinga y malacusada, al que su peca le dice a una nariz que no le quite su protantogismo. Cuantos hombres son tendidos por sus camisas en los prados veredas, cuantos muertos son emprendidos por una bombilla dicharrachera que come café en el lomo de un caballo licenciado. Ladra el que fue robado por el ladrón, el ladrón es el ladrido de un collar con perro sin pulgas y garrapiernas. Todo está en perfecto desorden, bienterminada la suerte estoica de Sansones sin Davioletas.
jueves 28 de junio de 2007
Colgarás siempre en mi tablón
Es una fotografía de estudio, con el típico fondo azul, ese que suele resultar favorecedor siempre y cuando no vayas vestido de color celeste o tengas la dentadura excesivamente blanca. Fue tomada a mediados de los años ochenta y el protagonista es un niñito de unos seis o siete años. Su cuerpito, vestido con suéter oscuro e impregnado por una fragancia clara, es visible sólo de pecho a techo, y recuerda al de un pajarito pequeño y frágil. El pelo corto, tan lacio y fino como la seda recién nacida, de refilón parece haber sido un poco aclarado tal vez, por un champú de camomila. Que decir de su sonrisa, pues lo ilumina todo llegando incluso a encandilar, e ingenua, hasta rozar la candidez, es el gesto más franco que yo jamás haya visto contenido en un papel de revelado. La piel blanca, casi translúcida, se volvería rojiza en segundos con solo arrancar en llanto, pero el niño de la imagen no llora, sólo se queja un poco, como en secreto, con el fondo de sus ojos, que profundos en forma, pero sobre todo en expresión, hablan de un eterno dolor apenas real para el resto de los mortales, de un alma combatiente en vida contra la muerte, pero tentada quizás para siempre, y a su vez, por ella.
miércoles 27 de junio de 2007
Veme
Mírame de lejos,
como lágrimas en los ojos que puedan simular un espejismo.
Contémplame con dolor,
como una eterna garra en el pecho que mata despacio.
Percíbeme en pleno rumbo,
como un manto de hespérides anunciadoras de cambio.
como lágrimas en los ojos que puedan simular un espejismo.
Contémplame con dolor,
como una eterna garra en el pecho que mata despacio.
Percíbeme en pleno rumbo,
como un manto de hespérides anunciadoras de cambio.
viernes 22 de junio de 2007
París era una fiesta
Hay días en los que París se me muestra amable, casi esperanzador, y leo en sus interminables avenidas y en sus mágicas callejuelas, las palabras mudas, las carcajadas contenidas, los sueños no alcanzados. Son tan de verdad, tan desgarradoramente reales, tan dolorosamente ciertos, que por un instante me sorprendo en medio de la rue de Libourne hablando a solas contigo, mientras me río abiertamente con tus locas ensoñaciones. En esos relámpagos fugaces me convierto en la más parisina de todos los parises celebrados y por celebrar, y eso te vuelve loco de mí, como a mí me aturdes tú los sentidos cuando me llamas tu Bohéme... Lo haces con una voz tan grave y voluptuosa, que Puccini renacería sólo para despojarte de ella, porque a los genios les suele sublevar hasta la sombra proyectada de su lamparita mágica, aunque ésta sea de oro y descanse junto a él en un sepulcro de mármol de Carrara.
Recuerdo una vez que quedamos en encontrarnos cerca del Pont-du-Carrousel, y apareciste con una boina infinitamente negra, algo raída tal vez por tus pensamientos oscuros, y que ya no te quitaste más hasta que un día te la robó el viento rudo y dueño conocedor de la bretaña francesa. Fuiste feliz siendo testigo de como la gorra azabache, cómplice in carnal de tus reflexiones, se posaba en un mar embravecido que la arrulló unos segundos en sus brazos de metal antes de engullirla sin piedad, como la que tu no tenías sino en ciertas ocasiones hacia el mundo… c’est la vie. Esa tarde en el puente, se oía una musiquita como tocada desde un templete sin orquesta, y el aire lo inundaba un olor dulzón con resquemores amargos, olor a la Europa de gofres y cafés dijiste. Habías cambiado a Truman Capote por un lienzo y unos pinceles, y yo ya no leía a Julio Cortázar, sino a Hemingway, pero sólo por aquello de que París era una fiesta. Me hiciste un retrato un tanto naif con un Sena dormido y verdecino de fondo, me enamoró porque me reinventaste, no sé si fruto de tu reciente destreza, o porque ese día te habías empezado a cansar de mí, como se cansan los gatos de jugar con los ratones que ya no hacen nada por escapar de sus afiladas garras, pero a los que si pudieran, les devolverían el brío de nuevo. Con todo, me cautivó verme con una tez más blanca que la mía, con una nariz cuasi picassiana, y ante todo, con un alegre pajarillo moteado posado en mi pelo, que convertiste en uno más de tus misterios, pues nunca supe si realmente estuvo allí, o si tal vez tu me percibías así, con animalillos alados en la cabeza.
Hay veces, las más de las veces, que París se me disfraza de enemigo. Deambulo de boulevard en bulevar y ya no soy parisina, ni soy tuya, ni siquiera soy mía. Ni rastro de la Petite Bohéme que se dejaba embaucar por las tertulias suspendidas en el tiempo del añorado café Grévin. Me hallo entregada a una suerte de empujones rivales que me recuerdan lo inmensamente grande que es esta ciudad y lo colosalmente pequeña que soy yo ahora que perdí mis rincones secretos. Ya no hay ni una sola huella de mi Monet amado, ya no hay impresiones al sol naciente. ¿Cómo encontrar el hilo de Ariadna si no fue extraviado sino robado por la simplicidad de un existir?. Me siento en el centro de la plaza de l'opera Garnier y asumo que es inútil seguir unos pasos que no marchan al mismo ritmo que los míos, que no se trata de que me saquen ventaja, sino de que los míos ya no tienen rumbo. Descubro que ya las gárgolas de Notre Dame no se emocionan a mi paso, debe de ser porque hace mucho tiempo que dejé de contemplar sus pétreos e inertes ojos.
Vuelvo al redil, los recuerdos son espurios, regreso a la eterna Rayuela de mi vida que me recuerda, cauta y pretensiosa, que París nos destruye despacio.
Recuerdo una vez que quedamos en encontrarnos cerca del Pont-du-Carrousel, y apareciste con una boina infinitamente negra, algo raída tal vez por tus pensamientos oscuros, y que ya no te quitaste más hasta que un día te la robó el viento rudo y dueño conocedor de la bretaña francesa. Fuiste feliz siendo testigo de como la gorra azabache, cómplice in carnal de tus reflexiones, se posaba en un mar embravecido que la arrulló unos segundos en sus brazos de metal antes de engullirla sin piedad, como la que tu no tenías sino en ciertas ocasiones hacia el mundo… c’est la vie. Esa tarde en el puente, se oía una musiquita como tocada desde un templete sin orquesta, y el aire lo inundaba un olor dulzón con resquemores amargos, olor a la Europa de gofres y cafés dijiste. Habías cambiado a Truman Capote por un lienzo y unos pinceles, y yo ya no leía a Julio Cortázar, sino a Hemingway, pero sólo por aquello de que París era una fiesta. Me hiciste un retrato un tanto naif con un Sena dormido y verdecino de fondo, me enamoró porque me reinventaste, no sé si fruto de tu reciente destreza, o porque ese día te habías empezado a cansar de mí, como se cansan los gatos de jugar con los ratones que ya no hacen nada por escapar de sus afiladas garras, pero a los que si pudieran, les devolverían el brío de nuevo. Con todo, me cautivó verme con una tez más blanca que la mía, con una nariz cuasi picassiana, y ante todo, con un alegre pajarillo moteado posado en mi pelo, que convertiste en uno más de tus misterios, pues nunca supe si realmente estuvo allí, o si tal vez tu me percibías así, con animalillos alados en la cabeza.
Hay veces, las más de las veces, que París se me disfraza de enemigo. Deambulo de boulevard en bulevar y ya no soy parisina, ni soy tuya, ni siquiera soy mía. Ni rastro de la Petite Bohéme que se dejaba embaucar por las tertulias suspendidas en el tiempo del añorado café Grévin. Me hallo entregada a una suerte de empujones rivales que me recuerdan lo inmensamente grande que es esta ciudad y lo colosalmente pequeña que soy yo ahora que perdí mis rincones secretos. Ya no hay ni una sola huella de mi Monet amado, ya no hay impresiones al sol naciente. ¿Cómo encontrar el hilo de Ariadna si no fue extraviado sino robado por la simplicidad de un existir?. Me siento en el centro de la plaza de l'opera Garnier y asumo que es inútil seguir unos pasos que no marchan al mismo ritmo que los míos, que no se trata de que me saquen ventaja, sino de que los míos ya no tienen rumbo. Descubro que ya las gárgolas de Notre Dame no se emocionan a mi paso, debe de ser porque hace mucho tiempo que dejé de contemplar sus pétreos e inertes ojos.
Vuelvo al redil, los recuerdos son espurios, regreso a la eterna Rayuela de mi vida que me recuerda, cauta y pretensiosa, que París nos destruye despacio.
miércoles 20 de junio de 2007
El río de la vida
Esa niña nació amarillenta y sin rastro de instintos capitales. Ni la palmada certera de una comadrona arrugada por la experiencia, consiguió hacerla llorar. Tampoco consiguieron hacerla mamar del cuajo tibio que anunciaban los pechos jóvenes de la madre, así que fue esa misma noche cuando intentaron extraer la leche de la lactante, aspirando a poder alimentar a la criatura de manera artificial. La exhausta parturienta tuvo que pasar entonces por una indecible sarta de dolores insufribles, producto de la opinión de demasiados inexpertos avezados, pero ante todo fruto de su desesperación.
El más versado en la aldea, determinó que la joven debía permanecer boca abajo, pues había leído una vez algo sobre la gravedad, y estuvo convencido de que el prodigio de la leche materna, no podía ser menos que el de una vulgar manzana al caer de un árbol. La partera, insensible a la fuerza, tanto a la vida como a la muerte, se empeñó en vendar con unos jirones de lino, despiadadamente anudados, los pechos doloridos de la recién parida, con la buena pero inservible intención de que al deshacer el entuerto, la leche se revelase explotando como un volcán furioso, al que los nativos no le ofrecieron suficientes sacrificios. Tampoco faltaron los rezos y estampitas de la Virgen María, que colocaban de buena Fe la devota abuela y algunas vecinas, pero parecían olvidar que los milagros sólo son posibles de virgen a virgen y de que a su hija, la ahora madre, no la había visitado ninguna paloma blanca nueve meses atrás.
Todo intento de extracción de la beVida fue inútil, hasta que al tercer día, en el que Adriana, un bebé con nombre pero sin apenas pulsiones vitales, decidió romper a llorar. Violeta, torturada por manos amigas y resignada a su incapacidad para dar vida, imaginaba delirante el momento en el que su pequeña se olvidara de su único reflejo natal y dejara de respirar para siempre, convirtiéndose así ella, en una mera dadora mortal. Pero al escuchar el dulce sollozo de la niñita, Violeta, apenas lila después del insatisfactorio alumbramiento, sintió que miles de mariposas de hierro se tropezaban en su vacío vientre. Y comprendió de pronto en que extraño lenguaje hablaba la esperanza.
Lloraron entonces las dos. Adriana, arroyos de lágrimas que brotaban de sus recién nacidos ojos, y Violeta, caudales de leche que anunciaban el comienzo del milagroso río de la vida.
El más versado en la aldea, determinó que la joven debía permanecer boca abajo, pues había leído una vez algo sobre la gravedad, y estuvo convencido de que el prodigio de la leche materna, no podía ser menos que el de una vulgar manzana al caer de un árbol. La partera, insensible a la fuerza, tanto a la vida como a la muerte, se empeñó en vendar con unos jirones de lino, despiadadamente anudados, los pechos doloridos de la recién parida, con la buena pero inservible intención de que al deshacer el entuerto, la leche se revelase explotando como un volcán furioso, al que los nativos no le ofrecieron suficientes sacrificios. Tampoco faltaron los rezos y estampitas de la Virgen María, que colocaban de buena Fe la devota abuela y algunas vecinas, pero parecían olvidar que los milagros sólo son posibles de virgen a virgen y de que a su hija, la ahora madre, no la había visitado ninguna paloma blanca nueve meses atrás.
Todo intento de extracción de la beVida fue inútil, hasta que al tercer día, en el que Adriana, un bebé con nombre pero sin apenas pulsiones vitales, decidió romper a llorar. Violeta, torturada por manos amigas y resignada a su incapacidad para dar vida, imaginaba delirante el momento en el que su pequeña se olvidara de su único reflejo natal y dejara de respirar para siempre, convirtiéndose así ella, en una mera dadora mortal. Pero al escuchar el dulce sollozo de la niñita, Violeta, apenas lila después del insatisfactorio alumbramiento, sintió que miles de mariposas de hierro se tropezaban en su vacío vientre. Y comprendió de pronto en que extraño lenguaje hablaba la esperanza.
Lloraron entonces las dos. Adriana, arroyos de lágrimas que brotaban de sus recién nacidos ojos, y Violeta, caudales de leche que anunciaban el comienzo del milagroso río de la vida.
martes 12 de junio de 2007
Alcoba Azul
Aquella velada, el vetusto tocadiscos, reproductor de tangos para los que no existe el pasado, pasaba desapercibido entre las voces delirantes que pedían más licor agolpados en la barra del bar, tan amiga de noche como traicionera al alba. Los allí presentes, estaban sedientos de ardor en la garganta y de desinhibición en las entrañas.
Era un local casi familiar, de luces amarillas y mortecinas colocadas sin ningún tipo de estrategia, como si se tratara de la primera partida de Risk para la mano torpe que tiempo atrás las hubiera situado. Los sillones, esquineros, estaban casi gastados ya por conversaciones ciegas, por pasiones nuevas, por rupturas agrias y por palmas, que a partir de la tercera copa, dibujan cómplices lo que no se ve sino a través de la ropa blanca y mojada. Las paredes, azul cielo, parecían amenazadas por una tormenta en lo alto del techo, el humo de lo que allí se consumía cada madrugada y el hálito ebrio de los mismos clientes de siempre, la habían desencadenado. Un círculo imperfecto de madera, ubicaba el centro del pub, estaba tan machacado por eróticos e interminables tacones de aguja, que si en vez de ser de parquet desteñido, fuera de uva madura, inundaría el suelo con un mosto anunciador de placeres que harían clamar el fuego del purgatorio.
Celeste no sabía con que vestir su agradecido cuerpo esa madrugada, era de esas mujeres que dan ganas de desnudar deprisa y de no volver a vestir jamás. Sólo se sintió segura de su elección, una vez que atravesó la tenue entrada, con paso firme de piernas tersas , y todas las miradas primigenias del Luna pub se posaron fuera de sus ojazos grises, para situarse en el centro perfecto de su exuberante cuerpo. Su piel, dorada por un sol que sólo parecía fijarse en ella, cambiaba de tonalidad al vaivén de sus caderas maduras, en compás preciso con sus nalgas prietas. Su pelo casi negro, que parecía dar nombre a la región del Lacio, se deslizaba sagaz por su interminable escote, desvelando tal vez, la astucia de las caricias de esta mujer de manos de ébano pulido.
Lucía, posada en la barra del local, y embaucada por la soporífera conversación de su novio de siempre, era una muchacha discreta que enamoraba, a quien supiera nadar por aguas espesas, a la tercera o cuarta palabra y que seducía siempre, a la primera mirada. De sonrisa complaciente y complexión delgada, sus rizos abiertos y castaños, hablaban quizás de los vericuetos de su mente lúcida y perspicaz. Sus pies livianos, vestidos sólo por la tira indiscreta de unas sandalias que se anudaban por la espalda, habían sido objeto de perversión para más de una furtiva y sutil mirada.
La luz de uno de los focos de sepia, reposó certera sobre los ojos de Celeste, que imperceptibles para las miradas masculinas, pues su cuerpo de violín, afinado por las manos de un maestro, le hacía sombra, fueron más que suficientes para deslumbrar a Lucía, que como gata curiosa, quiso descubrir cuantas dosis de soledad existencial habían conseguido desteñir los ojos grises de esa portentosa mujer. Sin pensarlo demasiado, pues se había propuesto sin saberlo sanar esa noche los arañazos de una leona herida, Lucía se acercó a ella casi danzando al ritmo sensual del tango, guiada ya no por sus ojos, sino por el olor dulzón que emanaba de su cabello.
Unas manos tibias, arrastraron la cintura de oro de Celeste hacia el centro estratégico de la pista de baile, y a pesar de lo inverosímil, no intentó perderse de ellas, pues lo cierto es que hacía muchas veladas ya que no tenía nada que perder. Al paso de esas dos féminas tan dispares, que curiosamente ya eran sólo una, los presentes, intuyendo el premio que se avecinaba para sus sentidos más carnales, abrieron paso, y la voz desgarrada de Lila Downs se escuchó de nuevo.
Lucía, acostumbrada a proporcionarse el placer que ya no hallaba en su novio, el de toda una vida, imaginó que danzaba con un espejo derretido, y dejó que sus dedos, a través de las notas pausadas del chito Alcoba Azul, vibraran al contacto de la piel ardiente de Celeste como si fuera la suya propia. Aprovechó también el compás de la música para deslizarse despacio por su espalda de seda y desatar así el nudo de las sandalias que la separaban de la pista mojada. Celeste, con la emoción que embargaba su vientre, sólo era capaz de dar salida a sus inéditos placeres con su mirada perdida, y Lucía, sin olvidar su propósito, sólo podía seguir sanando las heridas de esa mujer, ahora renaciente, con sus palmas sudadas, que acariciaban a golpe de canto, los rincones secretos para las manos toscas de los hombres, en interminables noches de hotel desbocadas, en las que Celeste, prostituía su irresistible tez morena, a cambio de una palabra de amor no dada.
Las pasiones proscritas de la una, y las incomprensiones varoniles de la otra, se extinguieron esa madrugada con la estocada cómplice y final de la desgarradora canción, que las dejó suspendidas para la eternidad en una alcoba azul, que le regaló un beso nuevo a los labios de Lucía, y una lágrima de colores vivos, a los marchitos ojos de Celeste.
Era un local casi familiar, de luces amarillas y mortecinas colocadas sin ningún tipo de estrategia, como si se tratara de la primera partida de Risk para la mano torpe que tiempo atrás las hubiera situado. Los sillones, esquineros, estaban casi gastados ya por conversaciones ciegas, por pasiones nuevas, por rupturas agrias y por palmas, que a partir de la tercera copa, dibujan cómplices lo que no se ve sino a través de la ropa blanca y mojada. Las paredes, azul cielo, parecían amenazadas por una tormenta en lo alto del techo, el humo de lo que allí se consumía cada madrugada y el hálito ebrio de los mismos clientes de siempre, la habían desencadenado. Un círculo imperfecto de madera, ubicaba el centro del pub, estaba tan machacado por eróticos e interminables tacones de aguja, que si en vez de ser de parquet desteñido, fuera de uva madura, inundaría el suelo con un mosto anunciador de placeres que harían clamar el fuego del purgatorio.
Celeste no sabía con que vestir su agradecido cuerpo esa madrugada, era de esas mujeres que dan ganas de desnudar deprisa y de no volver a vestir jamás. Sólo se sintió segura de su elección, una vez que atravesó la tenue entrada, con paso firme de piernas tersas , y todas las miradas primigenias del Luna pub se posaron fuera de sus ojazos grises, para situarse en el centro perfecto de su exuberante cuerpo. Su piel, dorada por un sol que sólo parecía fijarse en ella, cambiaba de tonalidad al vaivén de sus caderas maduras, en compás preciso con sus nalgas prietas. Su pelo casi negro, que parecía dar nombre a la región del Lacio, se deslizaba sagaz por su interminable escote, desvelando tal vez, la astucia de las caricias de esta mujer de manos de ébano pulido.
Lucía, posada en la barra del local, y embaucada por la soporífera conversación de su novio de siempre, era una muchacha discreta que enamoraba, a quien supiera nadar por aguas espesas, a la tercera o cuarta palabra y que seducía siempre, a la primera mirada. De sonrisa complaciente y complexión delgada, sus rizos abiertos y castaños, hablaban quizás de los vericuetos de su mente lúcida y perspicaz. Sus pies livianos, vestidos sólo por la tira indiscreta de unas sandalias que se anudaban por la espalda, habían sido objeto de perversión para más de una furtiva y sutil mirada.
La luz de uno de los focos de sepia, reposó certera sobre los ojos de Celeste, que imperceptibles para las miradas masculinas, pues su cuerpo de violín, afinado por las manos de un maestro, le hacía sombra, fueron más que suficientes para deslumbrar a Lucía, que como gata curiosa, quiso descubrir cuantas dosis de soledad existencial habían conseguido desteñir los ojos grises de esa portentosa mujer. Sin pensarlo demasiado, pues se había propuesto sin saberlo sanar esa noche los arañazos de una leona herida, Lucía se acercó a ella casi danzando al ritmo sensual del tango, guiada ya no por sus ojos, sino por el olor dulzón que emanaba de su cabello.
Unas manos tibias, arrastraron la cintura de oro de Celeste hacia el centro estratégico de la pista de baile, y a pesar de lo inverosímil, no intentó perderse de ellas, pues lo cierto es que hacía muchas veladas ya que no tenía nada que perder. Al paso de esas dos féminas tan dispares, que curiosamente ya eran sólo una, los presentes, intuyendo el premio que se avecinaba para sus sentidos más carnales, abrieron paso, y la voz desgarrada de Lila Downs se escuchó de nuevo.
Lucía, acostumbrada a proporcionarse el placer que ya no hallaba en su novio, el de toda una vida, imaginó que danzaba con un espejo derretido, y dejó que sus dedos, a través de las notas pausadas del chito Alcoba Azul, vibraran al contacto de la piel ardiente de Celeste como si fuera la suya propia. Aprovechó también el compás de la música para deslizarse despacio por su espalda de seda y desatar así el nudo de las sandalias que la separaban de la pista mojada. Celeste, con la emoción que embargaba su vientre, sólo era capaz de dar salida a sus inéditos placeres con su mirada perdida, y Lucía, sin olvidar su propósito, sólo podía seguir sanando las heridas de esa mujer, ahora renaciente, con sus palmas sudadas, que acariciaban a golpe de canto, los rincones secretos para las manos toscas de los hombres, en interminables noches de hotel desbocadas, en las que Celeste, prostituía su irresistible tez morena, a cambio de una palabra de amor no dada.
Las pasiones proscritas de la una, y las incomprensiones varoniles de la otra, se extinguieron esa madrugada con la estocada cómplice y final de la desgarradora canción, que las dejó suspendidas para la eternidad en una alcoba azul, que le regaló un beso nuevo a los labios de Lucía, y una lágrima de colores vivos, a los marchitos ojos de Celeste.
lunes 11 de junio de 2007
Siesta de Mango
Cuento ganador de la semana del programa Imaginario de RNE. (Mes Junio).
Cuando el trabajo, mecánico y tedioso, le regaló su merecido tiempo para almorzar, Manuel sacó de su bolsa el bocadillo de pan de sésamo, y la botella de zumo tibio, era su hora del Angelus. Luego vendría su merecida siesta, treinta minutos, ni uno más, en una sala triste, de camastros viejos, habilitada por la empresa de siderurgia para la que trabajaba hacía ya una eternidad.
Al destapar el botellín de fruta, el olor a melocotón concentrado de todos los días, embargó su prominente nariz, pero al primer buche del néctar, como el salto reflejo de un anciano, ante la bocina de un coche en un paso de cebra, Manuel tuvo que escupir. Su cerebro, ágil y despierto, al descubrir el error y asumir su torpeza, estuvo a punto de volver a tragar el jugo que descendía, en milésimas de segundo, hacia el pavimento, pero su boca, torpe y mortal, no pudo reabsorber el espumarajo. El líquido, no era de melocotón, sino de mango. Pero él esperaba el sabor amable y reposado del melocotón, y no el sabor salvaje y exótico del mango. Su olfato, y su incierta certeza de lo cotidiano, lo habían traicionado.
Una vez saciado, y sin demora, se dispuso a quitarse las pesadas botas de faena, para olvidarse así tal vez, de su agotador trabajo durante la media hora de su ganada siesta. Acostado en posición fetal, para agarrar con sus ajadas manos, sus doloridas piernas, se dejó envolver por la placentera duermevela, y como si de un acto instintivo se tratase, comenzó a exprimir con su lengua, lo que quedaba de mango en su cavidad bucal. En este estado de semi-inconsciencia, Manuel soñó que tomaba pequeños sorbitos de la bebida de fruta extravagante y genuina, que le traían a su mente, lejanas y sensuales, notas del mar del sur, añoranza de las pieles de ébano a la sombra mortal, melancolía de las prisas olvidadas en una cabaña de adobe y techo de paja.
Qué simple y aburrido era el sabor del melocotón, se dijo Manuel, mientras se emborrachaba con las últimas gotas del ferviente brebaje, al tiempo que la estridente y despiadada alarma, le anunciaba el final de su soñada siesta, el regreso resignado a sus pesadas botas de trabajo.
Cuando el trabajo, mecánico y tedioso, le regaló su merecido tiempo para almorzar, Manuel sacó de su bolsa el bocadillo de pan de sésamo, y la botella de zumo tibio, era su hora del Angelus. Luego vendría su merecida siesta, treinta minutos, ni uno más, en una sala triste, de camastros viejos, habilitada por la empresa de siderurgia para la que trabajaba hacía ya una eternidad.
Al destapar el botellín de fruta, el olor a melocotón concentrado de todos los días, embargó su prominente nariz, pero al primer buche del néctar, como el salto reflejo de un anciano, ante la bocina de un coche en un paso de cebra, Manuel tuvo que escupir. Su cerebro, ágil y despierto, al descubrir el error y asumir su torpeza, estuvo a punto de volver a tragar el jugo que descendía, en milésimas de segundo, hacia el pavimento, pero su boca, torpe y mortal, no pudo reabsorber el espumarajo. El líquido, no era de melocotón, sino de mango. Pero él esperaba el sabor amable y reposado del melocotón, y no el sabor salvaje y exótico del mango. Su olfato, y su incierta certeza de lo cotidiano, lo habían traicionado.
Una vez saciado, y sin demora, se dispuso a quitarse las pesadas botas de faena, para olvidarse así tal vez, de su agotador trabajo durante la media hora de su ganada siesta. Acostado en posición fetal, para agarrar con sus ajadas manos, sus doloridas piernas, se dejó envolver por la placentera duermevela, y como si de un acto instintivo se tratase, comenzó a exprimir con su lengua, lo que quedaba de mango en su cavidad bucal. En este estado de semi-inconsciencia, Manuel soñó que tomaba pequeños sorbitos de la bebida de fruta extravagante y genuina, que le traían a su mente, lejanas y sensuales, notas del mar del sur, añoranza de las pieles de ébano a la sombra mortal, melancolía de las prisas olvidadas en una cabaña de adobe y techo de paja.
Qué simple y aburrido era el sabor del melocotón, se dijo Manuel, mientras se emborrachaba con las últimas gotas del ferviente brebaje, al tiempo que la estridente y despiadada alarma, le anunciaba el final de su soñada siesta, el regreso resignado a sus pesadas botas de trabajo.
miércoles 6 de junio de 2007
Lucía, la Maga de aires cortazianos
Lucía tenía demasiados motivos para andar contrariada, sólo que era incapaz de hallarlos. Perdida en manos ajenas, hacía mucho tiempo ya que no cargaba el peso de su mente frágil y dormida sobre sus propios hombros. A veces poblaban su imaginación, a modo de espejismos reales, recuerdos de su plenitud. Pero ni en esos desgarradores instantes, se sentía plena de nuevo. El vacío, negro y dueño supremo de la otredad de sus sentidos, había ido avanzando imperceptible, a la vez que certero, por sus entrañas, dibujando al tiempo un oscuro laberinto tramposo, que cual círculo concéntrico, sólo tuvo salida para la mano que alguna vez comenzó a trazarlo.
Como en una partida de Go, lenta y tortuosa, la savia de Lucía se fue evadiendo a golpe de ficha comida, devorada tal vez por la certeza de que su vida nunca fue un juego justo, pues siempre estuvo abocada a nacer una vez, para morir después cien. Este tipo de certidumbres no son fáciles de soportar, pues hace falta una carga extraordinaria de necedad para resistirlo, y Lucía, por fortuna o por desdicha, fue siempre una soñadora, pero nunca fue una necia.
Algunas noches de verano, escuchaba Lucía una música pegajosa en el firmamento, se preguntaba, porqué sonaban tan lejos las notas que otorgaban tanta belleza a los ingredientes caídos de la receta mágica del infinito, pero su respuesta siempre venía acompañada de un estrepitoso mutismo, así que Lucía, de poco a todo, se conformó con escuchar las sutiles baladas provenientes del confesor de sus desconsuelos, y aprendió, de mucho a más, a dejar de percibir el escandaloso silencio de su interior roto.
Como en una partida de Go, lenta y tortuosa, la savia de Lucía se fue evadiendo a golpe de ficha comida, devorada tal vez por la certeza de que su vida nunca fue un juego justo, pues siempre estuvo abocada a nacer una vez, para morir después cien. Este tipo de certidumbres no son fáciles de soportar, pues hace falta una carga extraordinaria de necedad para resistirlo, y Lucía, por fortuna o por desdicha, fue siempre una soñadora, pero nunca fue una necia.
Algunas noches de verano, escuchaba Lucía una música pegajosa en el firmamento, se preguntaba, porqué sonaban tan lejos las notas que otorgaban tanta belleza a los ingredientes caídos de la receta mágica del infinito, pero su respuesta siempre venía acompañada de un estrepitoso mutismo, así que Lucía, de poco a todo, se conformó con escuchar las sutiles baladas provenientes del confesor de sus desconsuelos, y aprendió, de mucho a más, a dejar de percibir el escandaloso silencio de su interior roto.
sábado 2 de junio de 2007
"El destino con frecuencia termina antes de la muerte"
Naciste en tierra de colores prostituidos, prisionero tenebroso del color de tu tez. Eres mirada clara sobre piel negra, fondo nítido sobre sangre esclava.
En rugido de tambores tribales, transmutas tu odiosa existencia. Suerte de viajero sin pasaporte, destino de mares vacíos por naufragar.
Al servicio de patrones ricos, vivirá siempre el ilegal sudor de tu brillante espalda. Un banco de piedra es tu columna, el peso de ésta tu valor.
Sueñas en madrugadas hoscas, despiertas sin panes duros. Miradas y miradas que no expresan nunca nada, pero que juzgan siempre todo.
Regalas palabras raras, sonrisas abiertas. El precio de tu oyente es comprar tu infierno, para luego pagar un trocito de su cielo.
Tu muerte será anónima en tierra enemiga, una bolsa por sepelio. Tu patria verde y marioneta, no llorará jamás tu boca hambrienta.
A Famara, que son demasiados...
En rugido de tambores tribales, transmutas tu odiosa existencia. Suerte de viajero sin pasaporte, destino de mares vacíos por naufragar.
Al servicio de patrones ricos, vivirá siempre el ilegal sudor de tu brillante espalda. Un banco de piedra es tu columna, el peso de ésta tu valor.
Sueñas en madrugadas hoscas, despiertas sin panes duros. Miradas y miradas que no expresan nunca nada, pero que juzgan siempre todo.
Regalas palabras raras, sonrisas abiertas. El precio de tu oyente es comprar tu infierno, para luego pagar un trocito de su cielo.
Tu muerte será anónima en tierra enemiga, una bolsa por sepelio. Tu patria verde y marioneta, no llorará jamás tu boca hambrienta.
A Famara, que son demasiados...
martes 29 de mayo de 2007
Vida al Toro

A todos los internautas, nos habrá llegado en más de una ocasión a nuestro correo, la típica campaña de recogida de firmas por medio de un enlace web, donde te solicitan normalmente: Nombre, Apellidos, DNI y País. Creo que son pocas las personas que se arreisgan a dejar navegando por la red estos datos tan personales, muchas menos de las que lo reenvían a todos sus contactos (si algún día les llega un mail de este tipo desde mi dirección, les garantizo que yo lo habré firmado primero).
El caso, es que hace dos o tres días, me reenviaron, dos o tres personas, el siguiente correo electrónico: "FW: toro de coria, firmen por favor". Dentro de poco en Coria (un pueblo de Extremadura, para los q nolo >>conozcan...) tendrá lugar, como todos los años, una de las >>fiestasmas crueles contra un ser vivo (una de tantas) Sueltan a un >>toro que corra durantehoras, y mientras por el camino, los salvajes >>de ese lugar le clavandardos al animal. Mas tarde, cuando el animal >>cae rendido y agonizando,los "valientes" le cortan los testículos. >>Se ha creado una iniciativa yse necesita 50.000 firmas para evitar >>esta salvajada.PODEIS FIRMAR EN EL ENLACE DE ABAJOSi es posible, >>enviad un email con este mensaje y ENLACE a vuestrosconocidos para >>que pueda impedirse este tipo de festejos.Apelo a la gente que esté >>en contra de la tortura y el salvajismo y tenga una pizca de >>sentimientos y respeto a la vida de un ser vivo >>http://www.animanaturalis.org/modules.php?goto=Pvst0_447974967>> si buscais en el enlace anterior, encontrareis tambien otras >>causas por las que firmar, leedlas aunque sea, ok? aqui os dejo >>otro enlace, por si os interesa informaros mas sobre este y otros >>temashttp://www.altarriba.org/2/verguenza/caceres-coria.htm por la >>vida
Lo curioso de este tipo de loables cadenas, es como la gente se escandaliza por oir hablar de dardos, de un animal corriendo, y de cortar testículos, cuando en las plazas de toro pasa exactamente lo mismo, sólo que en vez de dardos, son banderillas en forma de arpón, creo que peores si cabe, y en vez de haber un pueblo cualquiera de analfabetos gritando y meándose por las esquinas, hay una élite de hijos de puta agitando un pañuelo según la ocasión. Parece como si un traje de luces, una peineta y un olé dignificaran el terrible sufrimiento y la muerte absurda de un animal.
Lamentablemente, lo mismo ocurre con otro tipo de mailing de estas características, en donde vemos un manto blanco y níveo teñido de sangre roja y ridícula en Cánada, cuando unos tipejos matan a palos a las crías de focas por su suave piel. ¿Pero quién se pregunta qué tipo de muerte en vida padecieron los animales que visten de sufrimiento nuestra piel, con su piel, día a día? Hay una diferencia, no son tan blancos y ni tan tiernos como las pobres focas.
O los despiadados de los japoneses y los delfines, que los arponean en un mar que se tiñe de gritos y traición. ¿Pero de dónde crees que sale la sabrosa carne de atún que te comes en un bocadillo? De los mismos gritos mudos y de los mismos arpones traicioneros, sólo que a los atunes no los podemos amatestrar para que nos deleiten en un espectáculo zoo-ridículo previo pago, así que no les dedemos nada. Siempre será más fácil cagarnos en los japoneses y en los canadienses.
Qué terrible cuando nos piden que firmemos en contra de la explotación infantil, a favor de los derechos humanos, o en contra de una cruenta guerra, y lo leemos horrorizados mientras nos tomamos una Coca-Cola, nos comemos una chocolatina Nestlé, vestimos de Nike o nos fumamos un cigarrillo Malboro.
Sigamos firmando, no nos hagamos inertes ante el sufrimiento ajeno, pero seamos un poco más coherentes, por lo menos en la medida que nuestra conciencia nos marque.
Les invito a ver cualquiera de las dos versiones (doblada o subtitulada), del documental Earthling, que facilito en mis enlaces (parte inferior izda.del blog). Si les convence, elaboren y reenvíen una cadena con su enlace web después.
viernes 25 de mayo de 2007
El perro Cósmico
Un gato iluso, habla en la calle a través de un auricular de teléfono atado a un poste, las cabinas, como la intimidad, hace una década de infancias y vejeces que ya no existen. Una sombra que pasea acompañada de otra, ésta última arrastrada por un perro sin correa, mira al gato con ojos de dragón, éste, sumergido en las distintas dinastías de su conversación, no se percata. La otra sombra, esclava de su suerte, hace días ya que no camina, simplemente se desliza torpe y nerviosa. Sus ojos, untados de tiniebla, ya no piensan, se limitan a seguir el calvario cotidiano y tedioso, marcado por las aceras de su barrio prestado. El perro cósmico, como buen terrícola, tiene un nombre, le llaman terri, y él, presto y veloz mueve su cola.
Sólo se conoce que el cánido sideral mordió al gato en el pescuezo, se sabe también que una sombra arrugada aplaudió al perro, que otra inerte sombra no dijo nunca nada, y que el gato le rugió a todos… a los presentes, tan ausentes para él, y también a los lejanos, los tan insoportablemente lejanos, que por designios del destino, pudieron escuchar a través de la distante y fría llamada, los chorros de dolor que caían gota a gota junto a la ambarina sangre del felino, herido de muerte por el cancerbero espacial.
A este perro alinígena le gusta orinar sobre un sillón de lectura, que en otro tiempo, hace muchos rezos ya, perteneció a un cura apuesto, que puestos a elegir celibato, se conformó con el heterosexual, eliminando así, de polvo a plumazo, látigos de remordimientos cuando un efebo lo hacía blasfemar en la intimidad.
Nuestro amigo, un perro con pulgas cultas y un refinado orín, busca sin prisas el tiempo que se pierde por los senderos de un tal Swann. También lee el periódico antes de defecar, así se vacía orgulloso, sobre lo que reza el titular: Ranza, Hsub y Iralb, siguen afirmando que fueron ellos quienes escondieron las armas de destrucción masiva pertenecientes a un tal Irak.
Sólo se conoce que el cánido sideral mordió al gato en el pescuezo, se sabe también que una sombra arrugada aplaudió al perro, que otra inerte sombra no dijo nunca nada, y que el gato le rugió a todos… a los presentes, tan ausentes para él, y también a los lejanos, los tan insoportablemente lejanos, que por designios del destino, pudieron escuchar a través de la distante y fría llamada, los chorros de dolor que caían gota a gota junto a la ambarina sangre del felino, herido de muerte por el cancerbero espacial.
A este perro alinígena le gusta orinar sobre un sillón de lectura, que en otro tiempo, hace muchos rezos ya, perteneció a un cura apuesto, que puestos a elegir celibato, se conformó con el heterosexual, eliminando así, de polvo a plumazo, látigos de remordimientos cuando un efebo lo hacía blasfemar en la intimidad.
Nuestro amigo, un perro con pulgas cultas y un refinado orín, busca sin prisas el tiempo que se pierde por los senderos de un tal Swann. También lee el periódico antes de defecar, así se vacía orgulloso, sobre lo que reza el titular: Ranza, Hsub y Iralb, siguen afirmando que fueron ellos quienes escondieron las armas de destrucción masiva pertenecientes a un tal Irak.
miércoles 23 de mayo de 2007
Canto al Sueño
No puedes abandonarme así, tienes que volver a tocar a la puerta de mi inconsciente. Viniste a salvarme de mi limitada y gemidora existencia, no puedes dejarme ahora, sabes mejor que todos que la vida de los despiertos no es ecuánime, por ello te reto a que hagas justicia conmigo, déjame para siempre suspendida en tú arrullador letargo. No debes abrirme los ojos a la realidad, pues no he sido yo quien te lo ha pedido, ha sido el despertador de la cordura, mi jefe, las gentes, el cronómetro orgánico que grita ¡hambre!, pero ya no es mi voluntad la que necesita del pan nuestro de cada día, sino tu voz a través de mí otro yo, mi indeliberado instinto, que siempre arriesga, que a veces gana la acometida.
No debes pensar que ya queman en mi piel las arrugas de las sábanas, pues son sudarios blancos, como las calas al atardecer mojado, como mi alma cuando descansa del ruido ensordecedor del silencio de los que amo, de las quejas a terceros, de las preguntas inútiles, de las respuestas aparentes. Hay quienes piensan que la rabia se volvió estúpida después de teñirse el pelo, yo opino que no hay necios soterrados, sino necedades ocultas dichas a tiempo. Así que escucha aquí y ahora la sandez de mí vida, y apiádate de mí, como yo lo haré del resto de los mortales desde mi deshecho tálamo.
No toques para mí la música ciega que ya no oigo, sé para mí un eterno reproductor de baladas inciertas, de notas atisbadas desde la claridad de mis sentidos, tan tuyos en la complicidad de la luna, tan de todos a la luz del eterno teatro de las apariencias. Quiero gritar que me mates a caricias inventadas, a besos no dibujados en la comisura de mi fruta madura, a palabras no dichas ayer, que nunca podrán ser mañana. No quiero lugares comunes, quiero lugares oníricos, quiero ser siempre la justa mitad que el leñador marcó con su certera hacha, asumiendo, con todo, que el árbol roto y exiguo perdió su savia.
Si un día no me encuentras, si te hago perder la calma, no vayas a escribir que la pesadilla te ganó la batalla, en mi noche ya no hay velas apagadas con la yema de unos dedos fríos e inertes, hay candiles que se alejan, pero que vuelven a paso lento cada madrugada, hay un libro sin leer, hay un gato para cada tejado, pero hay un solo tejado. Es imposible que no me cuentes el cuento ansiado a través de la cortina de lluvia, háblame de los países por recorrer, avanza con decisión por la geografía maldita desde mi pelo rizado y corto, a mis pies cansados. No te dejes vencer, déjame morir de sueño, o morir soñando en tu sueño, pero no traigas malos sueños, que ya los sueño yo al alba, cuando me abandonas, cuando no te apiadas, cuando no me tocas, cuando de sol a luna, te dejas ganar la batalla.
No debes pensar que ya queman en mi piel las arrugas de las sábanas, pues son sudarios blancos, como las calas al atardecer mojado, como mi alma cuando descansa del ruido ensordecedor del silencio de los que amo, de las quejas a terceros, de las preguntas inútiles, de las respuestas aparentes. Hay quienes piensan que la rabia se volvió estúpida después de teñirse el pelo, yo opino que no hay necios soterrados, sino necedades ocultas dichas a tiempo. Así que escucha aquí y ahora la sandez de mí vida, y apiádate de mí, como yo lo haré del resto de los mortales desde mi deshecho tálamo.
No toques para mí la música ciega que ya no oigo, sé para mí un eterno reproductor de baladas inciertas, de notas atisbadas desde la claridad de mis sentidos, tan tuyos en la complicidad de la luna, tan de todos a la luz del eterno teatro de las apariencias. Quiero gritar que me mates a caricias inventadas, a besos no dibujados en la comisura de mi fruta madura, a palabras no dichas ayer, que nunca podrán ser mañana. No quiero lugares comunes, quiero lugares oníricos, quiero ser siempre la justa mitad que el leñador marcó con su certera hacha, asumiendo, con todo, que el árbol roto y exiguo perdió su savia.
Si un día no me encuentras, si te hago perder la calma, no vayas a escribir que la pesadilla te ganó la batalla, en mi noche ya no hay velas apagadas con la yema de unos dedos fríos e inertes, hay candiles que se alejan, pero que vuelven a paso lento cada madrugada, hay un libro sin leer, hay un gato para cada tejado, pero hay un solo tejado. Es imposible que no me cuentes el cuento ansiado a través de la cortina de lluvia, háblame de los países por recorrer, avanza con decisión por la geografía maldita desde mi pelo rizado y corto, a mis pies cansados. No te dejes vencer, déjame morir de sueño, o morir soñando en tu sueño, pero no traigas malos sueños, que ya los sueño yo al alba, cuando me abandonas, cuando no te apiadas, cuando no me tocas, cuando de sol a luna, te dejas ganar la batalla.
martes 22 de mayo de 2007
Una carta sin respuesta. ¿Alguna hubiera sido válida?
A la atención de ………
Soy una estudiante de Hª del arte que viene observando con agrado como ha ido rescatando la casa donde habita, del memorable arquitecto Mariano Estanga, del abandono progresivo al que estaba dejada por último, haciendo gala de un gusto y sensibilidad impecable en su labor de restauración y decoración. Le doy las gracias por ello.
Asimismo, como defensora de los animales, también me he percatado con no menos agrado, de que lejos de tener meramente un perro guardián, tiene a dos perritos estupendos que seguro gozan del cariño, el cuidado y el espacio suficiente para vivir felices. También le felicito por ello.
Pero cual fue mi desconcierto, cuando la semana pasada paseaba deleitándome con la visión de este palacete, y descubro una jaula que como mero objeto es digna de todos los aprecios, pues es preciosa, pero que como fin en si misma sólo se merece el mayor de los desprecios, pues su función no es otra que la de privar de libertad, y de la mayor de las virtudes (el vuelo) a unas aves, que en este caso concreto creo que se trata de dos maravillosas e infelices cacatúas, perdone si me equivoco.
Creo que no hay peor crimen que “traficar” con cualquier animal exótico, más aún cuando se trata de aves que como ya le comento más arriba, pierden su facultad fundamental, el poder de volar. El comercio, por desgracia legal y hasta legitimado, de cualquier animal, es una clara muestra de la baja catadura moral de los humanos, pero dentro del mal, no se puede comparar el tener (adoptar) a un perro o un gato que ya no pueden volver a su estado salvaje primigenio, que el expoliar de su hábitat natural a animales como aves, reptiles, roedores y demás que están tan de moda últimamente. No me vale aquello de que nacieron en cautiverio, pues eso no determina la frustración de las mismas. Los animales viven a un nivel instintivo muy alejado del de los animales humanos, e imagínese por un momento el desconcierto de dichas aves cuando su potente ciclo vital las empuja a la migración o al apareamiento, y se dan de bruces contra una cárcel de metal. Por las características de la jaula, así como por su ubicación, sólo puedo pensar que tiene estas aves como signo de ostentación, y esto es si cabe, doblemente triste para mí, pues significaría que lo dicho al principio de esta misiva, no es más que un vulgar espejismo, ya que me niego a creer, que una persona con tal sensibilidad hacia el arte, pueda ser tan insensible hacia el sufrimiento animal.
Para terminar, sólo espero haberme equivocado en el párrafo anterior y que la adquisición (o el regalo, me da igual) de dichas aves sea fruto más del desconocimiento, que de la frialdad, pues un ser vivo no es un objeto, y no existe para el buen observador mayor satisfacción que el observarlos en su espacio natural. Sería ridículo pensar que con su posición económica no pueda permitirse viajar para admirar a estos impresionantes animales en su medio, y es seguro que cuando regresara y viera a sus cautivas cacatúas se sentiría un injusto “cortador de alas” y libertad.
No hay dinero capaz de comprar el aprecio de un animal, no así el de un hombre, (así nos va) pero sí el de conseguir su infelicidad, en este caso el de ambos, el de las aves y el de una observadora, entre tantos.
Atentamente, ...........
e-mail: tal y tal.........
Soy una estudiante de Hª del arte que viene observando con agrado como ha ido rescatando la casa donde habita, del memorable arquitecto Mariano Estanga, del abandono progresivo al que estaba dejada por último, haciendo gala de un gusto y sensibilidad impecable en su labor de restauración y decoración. Le doy las gracias por ello.
Asimismo, como defensora de los animales, también me he percatado con no menos agrado, de que lejos de tener meramente un perro guardián, tiene a dos perritos estupendos que seguro gozan del cariño, el cuidado y el espacio suficiente para vivir felices. También le felicito por ello.
Pero cual fue mi desconcierto, cuando la semana pasada paseaba deleitándome con la visión de este palacete, y descubro una jaula que como mero objeto es digna de todos los aprecios, pues es preciosa, pero que como fin en si misma sólo se merece el mayor de los desprecios, pues su función no es otra que la de privar de libertad, y de la mayor de las virtudes (el vuelo) a unas aves, que en este caso concreto creo que se trata de dos maravillosas e infelices cacatúas, perdone si me equivoco.
Creo que no hay peor crimen que “traficar” con cualquier animal exótico, más aún cuando se trata de aves que como ya le comento más arriba, pierden su facultad fundamental, el poder de volar. El comercio, por desgracia legal y hasta legitimado, de cualquier animal, es una clara muestra de la baja catadura moral de los humanos, pero dentro del mal, no se puede comparar el tener (adoptar) a un perro o un gato que ya no pueden volver a su estado salvaje primigenio, que el expoliar de su hábitat natural a animales como aves, reptiles, roedores y demás que están tan de moda últimamente. No me vale aquello de que nacieron en cautiverio, pues eso no determina la frustración de las mismas. Los animales viven a un nivel instintivo muy alejado del de los animales humanos, e imagínese por un momento el desconcierto de dichas aves cuando su potente ciclo vital las empuja a la migración o al apareamiento, y se dan de bruces contra una cárcel de metal. Por las características de la jaula, así como por su ubicación, sólo puedo pensar que tiene estas aves como signo de ostentación, y esto es si cabe, doblemente triste para mí, pues significaría que lo dicho al principio de esta misiva, no es más que un vulgar espejismo, ya que me niego a creer, que una persona con tal sensibilidad hacia el arte, pueda ser tan insensible hacia el sufrimiento animal.
Para terminar, sólo espero haberme equivocado en el párrafo anterior y que la adquisición (o el regalo, me da igual) de dichas aves sea fruto más del desconocimiento, que de la frialdad, pues un ser vivo no es un objeto, y no existe para el buen observador mayor satisfacción que el observarlos en su espacio natural. Sería ridículo pensar que con su posición económica no pueda permitirse viajar para admirar a estos impresionantes animales en su medio, y es seguro que cuando regresara y viera a sus cautivas cacatúas se sentiría un injusto “cortador de alas” y libertad.
No hay dinero capaz de comprar el aprecio de un animal, no así el de un hombre, (así nos va) pero sí el de conseguir su infelicidad, en este caso el de ambos, el de las aves y el de una observadora, entre tantos.
Atentamente, ...........
e-mail: tal y tal.........
domingo 20 de mayo de 2007
De dioses a mortales

Según los antiguos griegos, eran sólo los “tocados” por lo divino, los únicos humanos capaces de crear belleza, y esa belleza, nacía de las manos de los Aedos, que con sus sublimes poesías, tocaban a las puertas del Olimpo. Pero tiene su contrapartida, y esa condición, se pagaba con el estado de alienación perpetua. Los Aedos, no eran otra cosa que espíritus poseídos por los dioses, los poetas griegos, carecían de voluntad, sólo eran un mero canal entre lo etéreo y lo homérico.
Ahora me surgen, desde la parte más humana de mi existencia, las siguientes preguntas, ¿hasta qué punto dichos Aedos auto-asumían el mando de su pluma?, ¿cómo captar la belleza sublime sin poseer la divina “subliminalidad” exclusiva de los poetas?, ¿qué sentido tiene ser creador de entelequias para un público que no posee el descodificador de dicha irrealidad en lo terrenal?
Tendría que reflexionar y sobre todo informarme demasiado al respecto, en mi “universidad” particular, para posteriormente osar a ofrecer unas respuestas medianamente coherentes, así que las lanzo al aire, las comparto en su estado primigenio, que no definitivo, y aprovecho el clima propicio de inspiración, para utilizar esta breve escapada a Montes Zeunianos, cual musa para mi siguiente reflexión, breve y tímida, pero que al fin y al cabo, también versa de belleza.
Y es, que casi siempre resulta más complicado analizar una obra de arte, desde el más de las veces, inerte, pero fundamental academicismo, que desde un enfoque de auto-contemplación embriagadora, que aunque subjetivo, posee una carga de "neonatalidad" artística genial.
Pero claro, se me ocurre que esto posee sus pro y sus contra, y sin duda alguna, y centrándonos en la más “popular” de las tres grandes artes, dígase, la pintura, el arte conceptual, o idea art, e incluso, la mayoría de las vanguardias artísticas del siglo XX, no pueden ser siquiera disfrutadas desde esa visión primitiva en cuanto a la obra, en su marco físico y estético, se refiere.
Por lo tanto, para deleitarnos plenamente con la exquisitez del arte, ahora en sentido lato, hay que aprender a transgredir los límites que nos impone “el lienzo”. Esto quiere decir, que no hay obra sin creador, que no hay creador sin ideas, que no hay ideas sin contexto, que no hay contexto sin historia… Y que si realmente queremos poseer su esencia, debemos empezar primero por dominar el engranaje de sucesos que dieron la idea al objeto final.
Siendo esto así, definitivamente merece la pena hacer el esfuerzo, y en la medida de nuestras posibilidades o inquietudes, acercarnos a toda expresión artística desde ese mágico término medio entre lo objetivo-académico y lo subjetivo-evocador.Y si no que alguien me diga, ¿cómo enfrentarse a un guernica cualquiera sin conocer a un picasso concreto?
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